Por Julio Sánchez Cristo
Una pregunta: ¿quedan aún grandes huellas de racismo en este país? Cuando entrevistamos a influyentes líderes políticos blancos se regaron en prosa a decir que esta nación estaba preparada para votar por un negro y que esa página discriminatoria de la historia reciente estaba en el pasado. Pues saquen ustedess las conclusiones: los votantes blancos sufragaron en un 55% por McCain y el 43% por Obama, los votantes negros votaron en un 93% por Obama y los votantes hispanos en un 63% hicieron lo mismo. Con estos números se pueden concluir muchas cosas, interpretaciones distintas, pero indiscutiblemente confirmar que los blancos querían de presidente al candidato que perdió.
Pasan cosas cuando la Constitución norteamericana entrará por primera vez en cabal cumplimiento de su mandato donde dice que todos los hombres nacen iguales. Thomas Friedman, del New York Times, fue más allá. Según él, la noche del 4 de noviembre la guerra civil norteamericana terminó cuando un hombre negro, Barack Hussein Obama, se convirtió en presidente de los Estados Unidos. Esta explosión de emociones se convirtió en el más importante multiplicador de esperanza que nuestra historia contemporánea recuerde. Ver a este hombre con su mujer y sus hijitas caminar por esa plataforma en el parque de Chicago producía lágrimas, escalofríos y, sin ser norteamericanos, gran orgullo de confirmar que el cambio sí se podía y que el color no importaba. En su discurso, lleno de mágicas pinceladas, el señor Obama dijo que la fuerza auténtica de su nación no llegaba del poderío de las armas, ni de la magnitud de la riqueza, sino del poder de sus ideales. Al otro día el Dow Jones de desplomó un 5% y no fue noticia, a nadie le importaba, el verdadero indicador era el ver un nuevo despertar. Ese desayuno fue único, esa primera página del periódico quedará guardada para siempre, aplastando los recuerdos de la esclavitud y justificando el valor de haber soportado tanta humillación, tantas cadenas, tantos linchamientos, tanta persecución del Ku Klux Klan. Tantos empleos del más bajo nivel y ningún reconocimiento siquiera en los medianos. Qué fuerza toman por cuenta de este martes los ejemplos de dignidad y valor, el caso de Elizabeth Eckford cuando decidió en 1957 entrar a un colegio de blancos en Little Rock, las marchas de Martin Luther King, la decisión de Rosa Parks de no ceder su asiento a un blanco en un bus de Alabama. Latigazos, bombas, incendios, asesinatos que no detuvieron a hombres como Malcolm X, Marcus Garvey, Jesse Owens, Joe Louis, Josephine Baker, Ella Fitzgerald, Duke Ellington, Cassius Clay, Colin Powell, Sidney Poitier, Oprah, Tiger, Magic, Halle Berry, Will Smith, Denzel Washington, Morgan Freeman y la misma Condoleezza Rice, para no hacer extensa la lista.
Pasan cosas cuando como con una ducha fría en verano el mundo despierta y le apuesta a que nada será igual, pero para bien. Un hijo de Kenia y de Kansas, que reconoció en su rival a un gran hombre, y un perdedor que se rendía ante su nuevo presidente en elogios, es la mejor muestra de la solidez de una democracia que en medio de las dificultades se estremece y se une. No es el momento de mirar atrás, sino al contrario de reunir todo lo bueno para rodear al presidente Obama y ayudarle a guiar al mundo, que en buena parte dependerá de él. Bien dijo: ``Tengo familia de todas las razas y todos los colores distribuidos en tres continentes y mientras viva nunca olvidaré que en ningún otro país de este planeta sería posible mi historia''.
Si la sintonía del pueblo americano que perdió las elecciones ubica en el dial de su corazón el mensaje de John McCain, la oportunidad no podrá ser mejor para precisamente poner en práctica y hacer una realidad el fin de lo que nunca debió pasar, la guerra de razas. Sobre el tema racial el presidente electo dijo hace poco: ``... lo que sí he aseverado es mi firme convicción, una convicción enraizada en mi fe en Dios, en mi fe en el pueblo de los Estados Unidos, de que si trabajamos juntos podemos superar algunas de nuestras viejas heridas racistas''.
Creo firmemente en el futuro, una reconciliación histórica con una cicatriz que podría cerrar definitivamente, apoyando un gobierno incluyente, a diferencia de lo que ha pasado históricamente con los afroamericanos. Y por supuesto estoy seguro de que la Casa Blanca y el círculo más cerrado del Salón Oval estará inundado de blancos, que estarán allí no por blancos, sino por buenos. Ha llegado la hora de volver a empezar y nunca es tarde, y menos cuando es la voluntad de casi 70 millones de personas, de todos los colores, razas y orígenes.
Pasan cosas cuando producen lágrimas las palabras del reverendo Martin Luther King, asesinado en un motel en Memphis en el abril de hace 40 años, asesinado por líder y por negro. ''Yo tengo un sueño, que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales. Sueño que un día en las coloridas colinas de Georgia los hijos de los ex esclavos y los hijos de los ex propietarios de esclavos compartirán la mesa de la hermandad. Sueño que mis cuatro pequeños hijos vivirán un día donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter''. Hoy todos podemos decir: I have a dream.
El Nuevo Herald - Domingo 09 de noviembre del 2008
Email: jesusgonzalez [en] gmail.com
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