Por Andrés Reynaldo
Barack Hussein Obama (para mí, en particular, el Hussein le da un toque cosmopolita) no pretende ser un salvador. Pero la suya es una coyuntura de salvación. Le hubiera tocado igual al derrotado candidato republicano John McCain. Pero no le tocó. La mayoría de los norteamericanos eligió a Obama como el 44to. presidente de Estados Unidos. El primer mandatario negro de una importante nación occidental en toda la historia.
Es difícil apreciar en este momento la importancia cultural y social de esta elección. La genética ha demostrado que nadie es tan blanco ni tan negro como parece. Aun así, siendo menos blanco de lo que parezco, no me atrevo a presumir que entiendo lo que esto significa para la población negra de este país. Toda aproximación es académica y, a la larga, insuficiente. Cuando yo andaba orgulloso de la mano de mi abuelo por las calles de La Habana, los negros de mi generación todavía tenían que sentarse con el suyo en la parte de atrás de un ómnibus en muchas ciudades norteamericanas del centro y el sur, incluido Miami. A través de todo el proceso electoral se podía sentir la respiración contenida de millones de negros en un contradictorio rictus de escéptica esperanza. La raza no era un tema de campaña. Pero todo el mundo sabía que un triunfo de Obama tendría una trascendencia racial a escala planetaria. Desde las calles de Conakry hasta los suburbios de Londres.
Para Estados Unidos, en particular, implica una profunda transformación sociológica. El ascenso a la presidencia de un negro de modestos orígenes, con un título de Harvard, sin vínculos con el establishment y crítico del sistema de cuotas étnicas, reanima los valores de movilidad social e igualdad de oportunidades de la mejor tradición norteamericana, a la vez que presenta un inspirador modelo de reafirmación de la identidad afroamericana. Yes, we can, el lema de la campaña de Obama, invitaba al votante blanco a sumarse a una imprescindible cruzada de renovación política. Los negros, además, escuchaban el llamado de una reparación centenaria.
''Como afroamericana, estoy especialmente orgullosa'', dijo la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, con los ojos anegados de lágrimas. ``Este país ha consumado un largo viaje, en lo que respecta a sobreponerse a sus heridas y hacer que la raza no se tenga en cuenta. Todavía queda mucho por hacer, pero ayer [4 de noviembre] fue un extraordinario paso adelante''.
Pragmático, cauteloso, en ocasiones demasiado conceptual, Obama tiene una titánica tarea por delante. Dividido en el interior, odiado en el exterior, el país trata de marchar con el lastre de la mayor crisis económica en un siglo. La guerra de Irak cuesta $10,000 millones mensuales. La de Afganistán, ganada de manera fulminante en octubre del 2001, se ha agravado en insospechadas vertientes: el Talibán ha resurgido de sus cenizas como una feroz fuerza de combate y la producción de heroína cubre más del 90 por ciento de la demanda internacional, bajo la protección mancomunada de funcionarios gubernamentales, líderes tribales y terroristas. Las recetas para construir democracias del ex secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, han parido un narcoestado.
En su momento, cada una de las naciones europeas que alcanzaron un poder imperial se sintieron excepcionales. A Estados Unidos le ha llegado la hora de contemplar su excepcionalidad a la luz de sus defectos, sus limitaciones y (ninguna gran nación está exenta de ellos) sus horrores. No hay madurez sin introspección. Bush y su cohorte chovinista, retardataria y simplificadora tal vez haya sido la última y devastadora expresión de una mentalidad norteamericana que no tiene cabida en el siglo XXI. Una globalización fructífera impone igualmente una nueva ética mundial. La experiencia de Europa convence de que la verdadera y perdurable excepcionalidad reside en la cultura, en la contribución a un marco de principios universales y, tanto más, en la capacidad de los gobiernos para velar por los derechos, la dignidad, la superación y el bienestar de todos sus ciudadanos, funciones todas compatibles con el libre desarrollo del mercado.
El amplio espectro de voluntades que Obama ha captado y, sobre todo, su ascendiente entre los jóvenes de todas las extracciones sociales, razas, procedencias y credos, lo lleva a encarnar el espíritu de este tiempo. No se trata de una revolución, sino de una enorme dosis de sentido común, compasión y curiosidad intelectual. Aquí nadie ha hablado de socialismo. El sentido común es un imperativo cósmico, la compasión es un deber cristiano y la curiosidad (del latín curiositas, que también equivale a diligencia) es una de las características motoras de nuestra civilización.
Obama tendrá, a lo sumo, ocho años para ascender a la altura de su promesa. Ya veremos si es capaz de impulsar un cambio que parece imposible. Pero, hoy, a 6 de noviembre del 2008, cabe soñar, al menos, con lo posible.
El Nuevo Herald - Viernes 07 de noviembre del 2008
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