Por Gustavo Linares Benzo
Después de cincuenta años durante los cuales, según la Intelligentsia europea, Estados Unidos fue la sociedad más cruel, desigual y desalmada de la tierra, los gringos eligen un negro como Presidente. Los intelectuales de Bistró, a la cabeza Ignacio Ramonet, tendrían que disculparse con la sociedad norteamericana, cosa que no harán como no lo hicieron a la caída del muro de Berlín. Pero después de tanta tinta presentando Europa al mundo como el paradigma de la igualdad y la sociedad acogedora, todos los mandatarios europeos son catiritos ojos azules y al menos en el futuro cercano se ve imposible que un descendiente de marroquíes, por ejemplo, sea Presidente de Francia o del Gobierno español. Maravilloso un presidente negro, pero allá lejos.
Hablando en positivo, la sorprendente capacidad de renovación de los norteamericanos vuelve por sus fueros. No sólo se trata de un representante de la raza más oprimida como el más poderoso líder del mundo, sino de que esa raza no llega ni al 20% de la población estadounidense. Obama no ganó con el voto negro, sino con el voto demócrata. La proporción del voto blanco, negro y de las otras minorías favorable a Obama fue casi idéntico a la de las elecciones de Bill Clinton.
La victoria de Obama es la coronación de un esfuerzo cultural de muy larga data, esfuerzo que comenzó siendo una guerra contra la opinión del pueblo, al menos de las grandes mayorías. Tan reciente como 1950, en EEUU no sólo discriminaban profundamente a los afroamericanos, sino que ese racismo era el sentimiento normal de la inmensa mayoría. Contra el sentir popular, la Corte Suprema comenzó a desterrar la desigualdad con la famosa sentencia Brown, que obligaba a mezclar racialmente las escuelas. Ahora el racismo es feo, pero hasta hace muy poco no era así. EEUU demuestran que es posible cambiar el ideario público, tarea imprescindible y urgente en Venezuela.
A estas alturas ya mucho se ha dicho sobre las consecuencias del presidente Obama para Venezuela. Sus menciones del país durante la campaña fueron apocalípticas: pretende hacernos superfluos como proveedores de petróleo, lo que significa el fin de la Venezuela como es hoy en día. Gracias a Dios, no es tarea fácil, quizás ni siquiera posible. Pero se trata de una guerra avisada.
Hoy es momento de reconocer la sanidad de la democracia norteamericana y reírse de sus críticos automáticos.
El Universal - Caracas, domingo 09/11/2008
Email: jesusgonzalez [en] gmail.com
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