Entrevista con el escritor uruguayo Eduardo Galeano.
“La presencia norteamericana en bases militares de Colombia no solo ofende la dignidad de América Latina sino también la inteligencia”
En la quiteña Avenida Amazonas, a pocos pasos del hotel donde se aloja, encontramos como cualquier transeúnte en la noche del domingo 9 de agosto a Eduardo Galeano, quien ha llegado a la capital ecuatoriana para asistir como invitado especial al acto de posesión del presidente Rafael Correa, ceremonia que se cumplió el pasado 10 de agosto. Lo paramos y nos identificamos para solicitarle una entrevista, a la cual accede con gusto.“Ahora no puede ser, pero veámonos mañana después de la ceremonia de posesión de Correa”, nos dice el autor de Las venas abiertas de América Latina y de Espejos.Como siempre, Galeano responde a las preguntas con ironía y no poco humor, por eso es que sus reflexiones se salen de lo común. Como latinoamericanista consumado, el escritor uruguayo en diálogo con CRONICON.NET hace un peculiar análisis de la realidad sociopolítica de nuestro hemisferio.Tiempo abierto de esperanza- ¿Después de 200 años de la emancipación de América Latina, se puede hablar de una reconfiguración del sujeto político en esta región, habida cuenta los avances políticos que se traducen en gobiernos progresistas y de izquierda en varios países latinoamericanos?- Sí, hay un tiempo abierto de esperanza, una suerte de renacimiento que es digno de celebración en países que no han terminado de ser independientes, apenas si han empezado un poquito. La independencia es una tarea pendiente para casi toda América Latina.- ¿Con toda la irrupción social que se viene dando a lo largo del hemisferio se puede señalar que hay una acentuación de la identidad cultural de América Latina?- Sí, yo creo que sí y eso pasa por cierto por las reformas constitucionales. A mí me ofendió la inteligencia, aparte de otras cosas que sentí, el horror de este golpe de Estado en Honduras que invocó como causa el pecado cometido por un Presidente que quiso consultar al pueblo sobre la posibilidad de reformar la Constitución, porque lo que quería Zelaya era consultar sobre la consulta, ni siquiera una era reforma directa. Suponiendo que fuera una reforma a la Constitución bienvenida sea, porque las constituciones no son eternas y para que los países puedan realizarse plenamente tienen que reformarlas. Yo me pregunto: ¿qué sería de los Estados Unidos si sus habitantes siguieran obedeciendo a su primera Constitución? La primera Constitución de Estados Unidos establecía que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona. Obama no podría ser Presidente porque ningún país puede tener de mandatario a las tres quintas partes de una persona.- Usted reivindica la figura del presidente Barack Obama por su condición racial, ¿pero el hecho de mantener o ampliar la presencia norteamericana mediante bases militares en América Latina, como está ocurriendo ahora en Colombia con la instalación de siete plataformas de control y espionaje, no desdice de las verdaderas intenciones de este mandatario del partido demócrata, y simplemente sigue al pie de la letra los planes expansionistas y de amenaza de una potencia hegemónica como Estados Unidos?- Lo que pasa es que Obama hasta ahora no ha definido muy bien que es lo que quiere hacer ni en relación con América Latina, las relaciones nuestras, tradicionalmente dudosas, ni en otros temas tampoco. En algunos espacios hay una voluntad de cambio expresa por ejemplo en lo que tiene que ver con el sistema de salud que es escandaloso en Estados Unidos, te rompes una pierna y pagás hasta el fin de tus días la deuda por ese accidente. Pero en otros espacios no, él continúa hablando de ‘nuestro liderazgo’, ‘nuestro estilo de vida’ en un lenguaje demasiado parecido al de los anteriores.
A mí me parece muy positivo que un país tan racista como ese y con episodios de un racismo colosal, descomunal, escandaloso, ocurridos hace quince minutos en términos históricos tenga un presidente seminegro. En 1942, o sea medio siglo, nada, el Pentágono prohibió las transfusiones de sangre negra y ahí el director de la Cruz Roja renunció o fue renunciado porque se negó aceptar la orden diciendo que toda sangre era roja y que era un disparate hablar de sangre negra, y él era negro, era un gran científico, el que hizo posible la aplicación del plasma a escala universal, Charles Drew. Entonces un país que hiciera un disparate como prohibir la sangre negra tenga a Obama de presidente es un gran avance. Pero por otro lado, hasta ahora yo no veo un cambio sustancial, ahí está por ejemplo el modo como su gobierno enfrentó la crisis financiera, pobrecito yo no quisiera estar en sus zapatos, pero la verdad es que terminaron recompensando a los especuladores, los piratas de Wall Strett que son muchísimo más peligrosos que los de Somalia porque éstos asaltan nada más que los barquitos en la costa, en cambio los de la Bolsa de Nueva York asaltan al mundo. Ellos fueron finalmente recompensados; yo quería iniciar una campaña al principio conmovido por la crisis de los banqueros con el lema: “adopte un banquero”, pero la abandoné porque vi que el Estado se hizo cargo de la tarea. (Risas).
Y lo mismo con América Latina, como que no tiene muy claro qué hacer. Han estado más de un siglo los Estados Unidos consagrados a la fabricación de dictaduras militares en América Latina, entonces a la hora de defender una democracia como en el caso de Honduras, ante un clarísimo golpe de Estado, vacilan, tienen respuesta ambiguas, no saben qué hacer, porque no tienen práctica, les falta experiencia, llevan más de un siglo trabajando en el sentido contrario, entonces comprendo que la tarea no es fácil. En el caso de las bases militares en Colombia no solo ofende la dignidad colectiva de América Latina sino también la inteligencia de cualquiera, porque que se diga que su función va ser combatir las drogas, ¡por favor, hasta cuando! Casi toda la heroína que se consume en el mundo proviene de Afganistán, casi toda, datos oficiales de Naciones Unidas que cualquiera puede ver en Internet. Y Afganistán es un país ocupado por Estados Unidos y como se sabe los países ocupantes tiene la responsabilidad de lo que ocurre en los países ocupados, por lo tanto, tienen algo que ver con este narcotráfico en escala universal y son dignos herederos de la reina Victoria que era narcotraficante.No se puede ser tan hipócrita- La reina británica que introdujo por todos los medios en el siglo XIX el opio a China a través de comerciantes de Inglaterra y Estados Unidos…- Sí, la celebérrima reina Victoria de Inglaterra impuso el opio en China a lo largo de dos guerras de treinta años, matando una cantidad inmensa de chinos, porque el imperio chino se negaba a aceptar esa sustancia dentro de sus fronteras que estaba prohibida. Y el opio es el papá de la heroína y de la morfina, justamente. Entonces a los chinos les costó todo, porque China era una gran potencia que podía haber competido con Inglaterra en los comienzos de la revolución industrial, era el taller del mundo, y la guerra del opio los arrasó, los convirtió en una piltrafa, de ahí entraron los japoneses como perico por su casa, en quince minutos.
Victoria era una reina narcotraficante y los Estados Unidos que tanto usan la droga como coartada para justificar sus invasiones militares, porque de eso se trata, son dignos herederos de esa fea tradición. A mí me parece que es hora que nos despertemos un poquito, que no se puede ser tan hipócrita. Si van a ser hipócritas que lo sean con más cuidado. En América Latina tenemos buenos profesores de hipocresía, si quieren podemos en un convenio de ayuda tecnológica mutua prestarles algunos hipócritas propios.- Hace nueve años exactamente, usted le dijo en una entrevista en Bogotá concedida a este reportero la siguiente frase: “Dios guarde a Colombia del Plan Colombia”. ¿Cuál es ahora su reflexión respecto de este país andino que enfrenta un gobierno autoritario entregado a los intereses de los Estados Unidos, con una alarmante situación de violación de derechos humanos y con un conflicto interno que lo sigue desangrando?- Además con problemas gravísimos que se han ido agudizando con el paso del tiempo. Yo no sé, te digo, no soy quien para darle consejos a Colombia ni a los colombianos, además siempre estuve contra esa mala costumbre de algunos que se sienten en condiciones de decir qué es lo que cada país tiene que hacer. Yo nunca cometí ese imperdonable pecado y no lo voy a cometer ahora con Colombia, solo puede decir que ojalá los colombianos encuentren su camino, ojalá lo encuentren, nadie se lo pueden imponer desde afuera, ni por la izquierda, ni por la derecha, ni por el centro, ni por nada, serán los colombianos quienes lo encontrarán. Y yo lo que puedo es decir que doy testimonio. Si hay un tribunal mundial que alguna vez va a juzgar a Colombia por lo que de Colombia se dice: país violento, narcotraficante, condenado a violencia perpetua, yo voy a dar testimonio de que no, de que ese es un país cariñoso, alegre y que merece mejor destino.Reivindicando memoria de Raúl Sendic- Hace muchos años, siquiera unas cuatro décadas, había un personaje en Montevideo que se reunía con un joven dibujante llamado Eduardo Hughes Galeano con el propósito de darle ideas para la elaboración de sus caricaturas, llamado Raúl Sendic, el inspirador del Frente Amplio del Uruguay…- Y jefe guerrillero de los Tupamaros, aunque en aquella época todavía no lo era. Es verdad, cuando yo era un niño, casi de catorce años, y empecé a dibujar caricaturas, él se sentaba a mirar y me daba ideas, era un hombre bastante mayor que yo, con cierta experiencia, y todavía no era lo que después fue: el fundador, organizador y jefe de los Tupamaros. Recuerdo que le dijo a don Emilio Frugoni que por entonces era el jefe del Partido Socialista y director del semanario donde yo publicaba unas caricaturas tempranas, señalándome: “Este va a ser o presidente o gran delincuente”. Fue una buena profecía y terminé siendo gran delincuente… (Risas).- ¿El hecho de que hoy el Frente Amplio esté gobernando el Uruguay y que un ex guerrillero como Pepe Mujica tenga posibilidades de ganar las elecciones presidenciales constituye una reivindicación a la memoria de Sendic?- Sí, y de todos los que participaron en una lucha muy larga para romper el monopolio de dos, el bipolio ejercido por el Partido Colorado y el Partido Nacional durante casi toda la vida independiente del país. El Frente Amplio irrumpe hace muy poquito en el escenario político nacional y me parece muy positivo que esté gobernando ahora, aparte de que yo no coincido con todo lo que se hace y además creo que no se hace todo lo que se debería hacer. Pero eso no tiene nada que ver porque al fin y al cabo la victoria del Frente Amplio fue también una victoria de la diversidad política que yo creo que es la base de la democracia. En el Frente coexisten muchos partidos y movimientos diferentes, unidos por supuesto en una causa común pero con sus diversidades y diferencias, y yo las reivindico, para mí eso es fundamental.- ¿Qué representa para usted como uruguayo el hecho de que un dirigente emblemático de la izquierda como Pepe Mujica, ex guerrillero tupamaro, tenga amplias posibilidades de llegar a la Presidencia de la República de su país?- Con algún chance, no va a ser es fácil, vamos a ver qué pasa, pero creo que es un proceso de recuperación, la gente se reconoce justamente en el Pepe Mujica porque es radicalmente diferente de los políticos nuestros tradicionales, en su lenguaje, hasta en su aspecto y todo, por más que él ha tratado de vestirse de fino caballero no le sale bien, y expresa muy bien una necesidad y una voluntad popular de cambio. Creo que sería bueno que él llegara a la Presidencia, vamos a ver si ocurre o no, de todos modos el drama del Uruguay como el del Ecuador, por cierto, país en el que estamos conversando este momento, es la hemorragia de su población joven. O sea, la nuestra es una patria peregrina; en su discurso de posesión el presidente Rafael Correa habló de los exiliados de la pobreza y la verdad es que hay una enorme cantidad de uruguayos mucho más de lo que se dice, porque no son oficiales las cifras, pero no menos de 700 mil, 800 mil uruguayos en una población pequeñísima porque nosotros en el Uruguay somos 3 millones y medio, esa es una cantidad inmensa de gente afuera, todos o casi todos jóvenes, entonces han quedado los viejos o la gente que ya ha cumplido esa etapa de la vida en la que uno quiere que todo cambie para resignarse a que no cambie nada o que cambie muy poquito.Baldositas de colores para armar mosaicos- ¿Tras sus reputados libros Las venas abiertas de América Latina publicado en 1970, y Espejos, editado en 2008, que relatan historias de la infamia, el primero sobre nuestro continente y el otro de buena parte del mundo, hay espacio para seguir creyendo en la utopía?- Espejos lo que hace es recuperar la historia universal en todas sus dimensiones, en sus horrores pero también en sus fiestas, es muy diferente a Las venas abiertas de América Latina, que fue el comienzo de un camino. Las venas abiertas es un ensayo casi de economía política, escrito en un lenguaje no muy tradicional en el género, por eso perdió el concurso de Casa de las Américas, porque el jurado no lo considero serio.
Era una época en que la izquierda solo creía que lo serio era lo aburrido, y como el libro no era aburrido, no era serio, pero es un libro muy concentrado en la historia política económica y en las barbaridades que esa historia implicó para nosotros, como nos deformó y nos estranguló.
En cambio, Espejos, intenta asomarse al mundo entero recogiendo todo, las noches y los días, las luces y las sombras, son todas historias muy cortitas, y hay una diferencia también de estilo, Las venas abiertas tiene una estructura tradicional, y a partir de ahí yo intenté encontrar un lenguaje mío, propio, que es el del relato corto, baldositas de colores para armar los grandes mosaicos, un estilo como el de los muralistas, y cada relato es una pequeña baldosita que incorpora un color, y uno de los últimos relatos de Espejos evoca un recuerdo de infancia mío que es verdadero y es que cuando yo era chiquito creía que todo lo que se perdía en la tierra iba a parar en la luna, estaba convencido de eso y me sorprendió cuando llegaron los astronautas a la luna porque no encontraron ni promesas traicionadas, ni ilusiones perdidas, ni esperanzas rotas, y entonces yo me pregunté: ¿si no están en la luna, dónde están? ¿No será que están aquí en la tierra, esperándonos?
What if Barack Obama had picked the Nation's Katrina vanden Heuvel or Democracy Now! anchor Amy Goodman to advise him at the upcoming Summit of the Americas in Trinidad and Tobago this week? Unlikely, to say the least, but 75 years ago President Franklin Delano Roosevelt did something just like that, tapping a former Nation editor and fierce critic of U.S. militarism to advise his administration on Latin American policy. As a result -- consider this your curious, yet little known, fact of the day -- anti-imperialism saved the American empire.
FDR took office in 1933 looking not just to stabilize the U.S. economy, but to calm a world inflamed: Japan had invaded Manchuria the year before; the Nazis had seized power in Germany; European imperialists were tightening their holds over their colonies; and the Soviet Union had declared its militant "third period" strategy, imagining that global capitalism, plunged into the Great Depression, was in its last throes.
When, soon after his March inauguration, Roosevelt put forward a call to the "nations of the world" to "enter into a solemn and definitive pact of non-aggression," the colonialists, militarists, and fascists who ruled Europe and Asia balked. Because the new president's global reach came nowhere near his global ambitions, the London Economic Conference -- convened that July by the equivalent of today's G-20 -- broke up rancorously over how to respond to that moment's global meltdown.
Luckily for Roosevelt, the Seventh Pan-American Conference was scheduled to take place that December in Montevideo, Uruguay. Admittedly the very idea of pan-Americanism -- that the American republics shared common ideals and political interests -- was then moribund. Every few years, in an international forum, Latin American delegates simply submitted to Washington's directives while silently seething about the latest U.S. military intervention -- in Panama, Cuba, Puerto Rico, Mexico, Venezuela, Honduras, the Dominican Republic, or Haiti. (Take your pick.)
Momentum was then building among Latin American nations for a revision of international law, which effectively granted great powers the right to intervene in the affairs of smaller republics. Venezuelan diplomats, for instance, were insisting that the U.S. affirm the principle of absolute sovereignty. Argentines put forth their own "non-aggression" treaty codifying non-intervention as the law of the hemisphere. Caribbean and Central American politicians insisted that detachments of U.S. Marines, then bogged down in counterinsurgencies in Nicaragua, Haiti, and the Dominican Republic, get out.
FDR dispatched his Secretary of State, Cordell Hull, to the summit, but instructed him not to offer anything more than a promise to build a few new roads. The demand that the U.S. give up the right of intervention was "unacceptable."
Yet Roosevelt, who had a way of mixing and matching unlikely advisors, also asked Ernest Gruening (recommended by Harvard law professor and soon-to-be Supreme Court Justice Felix Frankfurter) to accompany Hull. In 1964, as a senator from Alaska, Gruening would become famous for casting one of only two votes against the Gulf of Tonkin Resolution, which President Lyndon Johnson would use to escalate the Vietnam War, but in the 1930s, he was already a committed anti-imperialist.
Twenty-One Different Kinds of Hate
Not quite, of course. Washington would return to a policy of interventionism in the Cold War era. Nonetheless, the importance of this diplomatic sea-change cannot be overstated.
Montevideo was Roosevelt's first significant foreign policy success, marking a turn in the country's fortunes as an ascendant superpower. He then ordered the Marines to withdraw from Haiti, while giving the country back its national bank; he abrogated the Cuban constitution's hated Platt Amendment, which had turned the island into a U.S. vassal-state; and he began to tolerate a degree of economic nationalism in Latin America, including Mexico's expropriation of the holdings of Standard Oil.
FDR's enormous popularity in Latin America fired his aspirations to world leadership. Visiting Buenos Aires in 1936, he was greeted by more than a million ecstatic well-wishers who gave him a "wild ovation" and "pelted him with flowers." Even Buenos Aires's usually skeptical press heralded him as a "shepherd of democracy," while hospitals expected an "enormous crop of 'Roosevelts' among baby boys," despite a ban on foreign names for infants.
Improved relations with Latin America also helped the U.S. recover from the Great Depression. With Asia off limits and Europe headed for war, Washington looked south both for markets for manufactured goods and for raw materials, negotiating trade treaties with 15 Latin American countries between 1934 and 1942.
More importantly, Latin America became the laboratory for what eventually became known as liberal multilateralism -- the diplomatic framework that, after World War II, would allow the United States to accrue unprecedented power. With the League of Nations practically defunct, diplomats began to discuss the possibility of a new "League of the Americas," which would eventually evolve into both the Organization of American States and the United Nations. (Each would enshrine in its charter the principle of absolute non-intervention.) Roosevelt himself would hold up the "illustration of the republics of this continent" as a model for global postwar reconstruction.
Cordell Hull got the Nobel Peace Prize for helping to found the U.N. and FDR took credit for overcoming "many times 21 different kinds of hate" to "sell the idea of peace and security among the American republics." But the thanks really should go to anti-imperialists like Gruening and guerrilla fighters like Nicaragua's Augusto Sandino who rendered militarism an unsustainable foreign policy.
Seventy-Five Years Later...
The parallels with today are unmistakable: a global economy in tatters; a new president with a mandate for reform, but blocked abroad by rising rivals and hamstrung by the rapid recession of U.S. power and prestige thanks to years of arrogant, unilateral militarism. And coming on the heels of a London summit of economic powers, a Latin American conference: the Fifth Summit of the Americas to be attended by 34 heads of state representing every American country except Cuba.
The last time this summit convened at the Argentinean beach resort town of Mar del Plata in 2005, Argentines greeted George W. Bush not as a shepherd of democracy but as an evangelizer for war, militarism, and savage capitalism. Thousands turned up from all over the continent to burn the president in effigy. Venezuela's Hugo Chávez and Bolivia's Evo Morales convened a festive parallel "People's Summit," while Argentine soccer legend Maradona called Bush "human rubbish" and "a bit of an assassin." To paraphrase Michael Moore's Academy Award homage to the Dixie Chicks, when Maradona is against you, your time in Latin America is up.
With an aircraft carrier stationed just offshore and fighter jets buzzing overhead, Bush still was nervous and seemed distinctly out of his league. Coming just a few months after Hurricane Katrina ravaged New Orleans, with Iraq careening out of control, Bush's disastrous performance in Argentina, combined with an impressive display of Latin American unity, hastened the demise of the pretension of the neoconservatives to global supremacy. "The United States continues to see things one way," said one Latin American diplomat at the Summit, "but most of the rest of the hemisphere has moved on and is heading in another direction."
And so it had, with a left turn that started with Chávez's 1998 election as Venezuela's president and still continues apace. Last year, after all, Paraguay elected a liberation theologian as president; and last month, the Farabundo Martí National Liberation Front -- the guerrilla group turned political party Ronald Reagan spent six billion dollars and 70,000 Salvadorean lives trying to defeat in the 1980s -- finally came to power in El Salvador.
This week many will be watching to see if Barack Obama, in what will be his first real engagement with Latin America, is ready to reverse course at this Summit as Roosevelt did more than three-quarters of a century ago. To the United States, Latin America has not just been a source of raw materials and markets, but a "workshop," a place where rising foreign-policy coalitions try out new ways to project U.S. power following periods of acute crisis. FDR did it, as did Reagan and the New Right when, in the 1980s, they used Central America to experiment with junking multilateralism, while remilitarizing and remoralizing foreign policy.Today, President Obama is enormously popular in Latin America. A number of local politicians in the region even legally adopted his name to give themselves an edge on ballots, and undoubtedly quite a few baby boys will be called Barack. Brazil's president, known simply as Lula, says he is praying for Obama -- and even Maradona admits he likes him "a lot."But popularity only goes so far. For the first time in many decades, an American president might find that the days when the U.S. could use Latin America as an imperial rehearsal space are drawing to a close.The Colombian OptionSo what will Obama offer in Trinidad and Tobago? He will, like Hull in 1933, be intent on "radiating goodwill," but he will not necessarily "be friendly with everyone." He's already poisoned the water by insisting that Hugo Chávez is an "obstacle" to progress. Love Chávez or hate him, he is recognized as a legitimate leader by all Latin American countries and is a close ally to many. For eight years, a Bush administration policy of driving a wedge between the rest of the region and the Venezuelan proved a dismal failure, except when it came to increasing the outflow of Washington's hemorrhaging power in the hemisphere.On many fronts, however, the president is likely to discover that his real obstacles to progress south of the border lie uncomfortably close to home.In preparation for the summit, the Obama administration has made some overtures to Cuba, responding to demands by nearly every Latin American country that Washington end its cold war against Havana. The need to keep Democratic senators from Florida and New Jersey (states with large Cuban-American populations) in the fold means that the general travel ban and trade embargo will, however, stay in place, at least for now. (In 1933, Hull tried to prevent the Cuban envoy from speaking, fearing that he would give a fiery anti-American speech; Gruening appealed to the principle of free speech to reverse the ban.)Obama will probably reiterate recent official statements by Secretary of State Hillary Clinton, among others, that the United States bears real responsibility for Mexico's drug-war violence and perhaps bemoan the way an "inability to prevent weapons from being illegally smuggled across the border" fuels drug-related killings. Like every other administration, though, Obama's will have to answer to the National Rifle Association (NRA), which at this point carries out its own foreign policy.In 2005, for example, when Brazil held a referendum to implement a stringent gun-control law, the NRA spent considerable money lobbying to successfully defeat it. So expect the NRA to fight any attempt to stem the flow of guns south of the border. In fact, Wyoming senator John Barrasso hopes to use the fear of Mexican drug violence to force a greater distribution of assault weapons. As he put the matter, "Why would you disarm someone when they potentially could get caught in the crossfire?... The United States will not surrender our second-amendment rights for Mexico's border problem."And so it goes: On nearly every issue that could either actually help relieve the suffering of Latin Americans or allow the U.S. to win back strategic allies, domestic politics will hinder Obama's range of action, even if not his immediate popularity.Just recently, a study group made up of some of Latin America's leading intellectuals and policy-makers, including former presidents of Brazil, Colombia, and Mexico, declared the U.S. war on drugs a failure and recommended the legalization of marijuana. Obama is obviously sympathetic to this position, having instructed his Justice Department to back off "medical marijuana" prosecutions. But will he be able to de-escalate the war on drugs in Latin America? Not likely.As a candidate, the president did say he wasn't opposed to all wars, just stupid ones -- and this one is as stupid as they come. It hasn't lessened narcotics exports to the U.S., but has spread violence through Central America into Mexico, while entrenching paramilitary power in Colombia. Plan Colombia, the centerpiece of that war, is a legacy of Bill Clinton's foreign policy, and much of the six billion dollars so far spent to fight it has essentially been direct-deposited in the coffers of corporate sponsors of the Democratic Party like Connecticut's United Technologies and other northeastern defense contractors.Rather than dismantling Plan Colombia, plans are evidently afoot to have it go viral beyond the Americas. Admiral Mike Mullen, chairman of the Joint Chiefs of Staff, recently commented that "many of us from all over the world can learn from what has happened with respect to the very successful developments of Plan Colombia," and suggested that it be franchised "specifically to Afghanistan." Washington Post White House correspondent Scott Wilson agrees, urging Obama to use Colombia as a "classroom for learning how to beat the Taliban." Buried deep in Wilson's recommendation was a revelation: U.S. officials, he wrote, "privately" told him that death-squad terror was a necessary first step in Plan Colombia, serving as a "placeholder" until the U.S. could train a "professional" army. The Bush administration kept "the money flowing to Colombia's army despite evidence of its complicity in paramilitary massacres."The Path to Latin America Runs Through Brasilia...Ultimately, imperial Washington's only real road may run through the Brazilian capital, Brasilia. After all, Obama approaches the region not as a leader of a confident superpower, but of an autumnal hegemon. As such, his best option may lie in forming a partnership with Brazil -- Latin America's largest, most diversified economy, with enormous, newly discovered offshore oil reserves and a fulsome set of political aspirations -- to administer the hemisphere. The White House clearly recognizes this to be the case, which was why an administration official called Lula's recent one-on-one meeting in Washington with Obama a recognition of Brazil's "global ascendancy."Just before the G-20 meeting convened in London, Lula blamed the global financial collapse on the "irrational behavior of people that are white" and "blue-eyed." Standing next to the blanching British Prime Minister Gordon Brown, he continued: "I do not know any black or indigenous bankers so I can only say [it is wrong] that this part of mankind, which is victimized more than any other, should pay for the crisis."If these words came out of Chávez's mouth, they would have been taken as but the latest indication of his irrational anti-Americanism, but the Obama administration needs Lula. In London, Obama could barely contain himself: "That's my man right here," he said, grabbing Lula's hand as Secretary of the Treasury Timothy Geithner looked on. "Love this guy. He's the most popular politician on earth. It's because of his good looks." That certainly represented an improvement over George Bush, who asked Lula's Brazilian predecessor, "Do you have blacks, too?"Yet Brazil's cooperation will come at a price, which Obama will have trouble meeting. This country's baroque and bloated farm subsidy and tariff program -- which House and Senate members recently refused to let Obama cut -- will prevent the president from bowing gracefully to Lula's central demand: that the U.S. live up to its rhetoric about free trade and open its economy to Brazil's competitive agro-industry.
Returning to the Scene of the CrimeUltimately, however, Obama's vision will be limited by the smallness of the imaginations of the counselors he has surrounded himself with. There are neither Gruenings, nor even Hulls in that crowd. He has kept on George W. Bush's Assistant Secretary of State for Latin America Thomas Shannon and has picked Jeffrey Davidow to be his special advisor at the summit.A career diplomat, Davidow's foreign service has been largely unremarkable, though his first posting was to Guatemala in the early 1970s when U.S.-backed death squads were running wild, and was followed by an assignment as a junior political officer in Chile, where he observed the 1973 U.S.-backed military coup that overthrew elected President Salvador Allende. Committed to the Clinton-era mantra of economic liberalization, these diplomats will never recommend the kind of game-changing ideas Gruening did.Given that the global financial crisis will dominate this summit, Obama's appearance will be seen by some as a return to the scene of the crime. After all, it was in Chile that the now-discredited model of deregulated financial capitalism was first imposed. This occurred well before Presidents Reagan and Clinton adopted it in the U.S.As it then spread through most of the rest of Latin America, the results were absolutely disastrous. For two decades, economies stagnated, poverty deepened, and inequality increased. To make matters worse, just as a new generation of leftists, taking measures to lessen poverty and reduce inequality, was recovering from that Washington-induced catastrophe, a reckless housing bubble burst in the U.S., bringing down the global economy.Latin Americans will want an accounting. As even Colombian President Alvaro Uribe, a close U.S. ally, put it: "[The] whole world has financed the United States, and I believe that they have a reciprocal debt with the planet." Hugo Chávez couldn't have said it better.
Hay que prestar atención a cómo las nuevas políticas de Obama comienzan a mostrarse en Latinoamérica, ya que como el historiador Greg Grandin ha escrito en su excelente libro “Empire's Workshop: Latin America, the United States, and the Rise of the New Imperialism” – los gobiernos anteriores han regularmente ensayado sus futuras políticas globales en “nuestro patio trasero.” (En junio aparece, a propósito, el último libro de Grandin: “Fordlandia: The Rise and Fall of Henry Ford's Forgotten Jungle City,” una profunda inmersión en otro experimento estadounidense acosado por su arrogancia en Latinoamérica.)
La historia no es exactamente uno de los lados fuertes de EE.UU., pero comprender el pasado es un gran instrumento poco utilizado cuando se trata de comprender hacia dónde podríamos dirigirnos. Ningún autor en este sitio lo hace mejor que el colaborador regular de TomDispatch, Grandin. De modo que preparaos para emprender un notable tour de nuestro pasado al sur de la frontera, todo al servicio de la iluminación de nuestro futuro controversial y potencialmente desestabilizante. Tom
El “patio trasero de EE.UU.” y la “Cumbre de las Américas”
¿Qué puede hacer Obama en Latinoamérica?
¿Y si acaso Barack Obama hubiera elegido a Katrina vanden Heuvel de Nation o a Amy Goodman presentadora de Democracy Now! para que lo asesoraran en la próxima Cumbre de las Américas en Trinidad y Tobado durante esta semana? Es poco probable, por decir lo menos, pero hace 75 años el presidente Franklin Delano Roosevelt hizo algo parecido, al aprovechar a un ex editor de The Nation y crítico acerbo del militarismo de EE.UU. para que asesorara a su gobierno respecto a la política latinoamericana. Como resultado – consideradlo vuestro curioso, pero poco conocido, hecho del día – el antiimperialismo salvó al imperio estadounidense.
Roosevelt asumió el poder en 1933, tratando no sólo de estabilizar la economía de EE.UU., sino de calmar un mundo inflamado: Japón había invadido Manchuria el año antes; los nazis habían tomado el poder en Alemania; los imperialistas europeos tensaban su control sobre sus colonias; y la Unión Soviética había declarado su militante estrategia del “tercer período,” al imaginar que el capitalismo global, sumido en la Gran Depresión, estaba en sus últimos estertores.
Cuando poco después de su toma de posesión en marzo, Roosevelt emitió un llamado a las “naciones del mundo” para “formar parte de un solemne y definitivo pacto de no-agresión,” los colonialistas, militaristas y fascistas que gobernaban Europa y Asia se negaron rotundamente. Como el alcance global del nuevo presidente no se comparaba en nada a sus ambiciones globales, la Conferencia Económica de Londres – convocada para julio de ese año por el equivalente del G-20 actual – se rompió rencorosamente sobre cómo reaccionar ante la catástrofe global de entonces. Hay que admitir que la idea misma del panamericanismo – que las repúblicas americanas compartan ideales e intereses políticos comunes – estaba entonces moribunda. Cada tantos años, en un foro internacional, delegados latinoamericanos se sometían simplemente a los dictados de Washington mientras se enfurecían en silencio por la última intervención militar de EE.UU. – en Panamá, Cuba, Puerto Rico, México, Venezuela, Honduras, la República Dominicana, o Haití. (Elegid la que queráis.)
En aquel entonces las naciones latinoamericanas tomaban impulso para lograr una revisión del derecho internacional, que efectivamente daba a las grandes potencias el derecho de intervenir en repúblicas más pequeñas. Los diplomáticos venezolanos, por ejemplo, insistían en que EE.UU. garantizara el principio de la soberanía absoluta. Los argentinos presentaban su propio tratado de “no agresión” codificando la no-intervención como ley del hemisferio. Políticos caribeños y centroamericanos insistían en que se retiraran destacamentos de marines de EE.UU., que entonces estaban atascados en contrainsurgencias en Nicaragua, Haití, y la República Dominicana.
Roosevelt envió a su Secretario de Estado, Cordell Hull, a la cumbre, pero le instruyó que no ofreciera nada más que una promesa de construir unas pocas carreteras nuevas. La demanda de que EE.UU. renunciara al derecho a la intervención era “inaceptable.”
Sin embargo, Roosevelt, quien tenía una tendencia a mezclar y combinar a consejeros improbables, también pidió a Ernest Gruening (recomendado por el profesor de derecho de Harvard y próximo juez de la Corte Suprema Felix Frankfurter) para que acompañara a Hull. En 1964, como senador por Alaska, Gruening se hizo famoso por depositar uno de los únicos dos votos contra la Resolución del Golfo de Tonkin, que el presidente Lyndon Johnson utilizó para escalar la Guerra de Vietnam, pero en los años treinta, ya era un antiimperialista comprometido.
En las páginas de The Nation y otros periódicos de izquierdas, había ayudado a denunciar el uso de la tortura, del trabajo forzado, y de los asesinatos políticos que tuvieron lugar durante las ocupaciones por los marines en el Caribe, atrocidades que comparó con la brutalidad europea en India, Irlanda y el Congo. Después de viajar por Haití y la República Dominicana, presionó en el Congreso para recortar el financiamiento de operaciones de contrainsurgencia en la región, y atacó a “la horda de concesionarios oportunistas y corruptos que acompañan al imperialismo militarista estadounidense.” El que un crítico tan intransigente de la diplomacia de EE.UU. haya sido elegido para asesorar al Secretario de Estado refleja la fuerza de la izquierda en los años treinta – y la disposición de Roosevelt a aprovecharla.
Quemando y asesinando
Al partir la delegación hacia Montevideo, Gruening se horrorizó al saber que EE.UU. “no tenía un programa excepto ser amigable con todos e irradiar buena voluntad.”
“Señor Secretario,” informó que había dicho a Hull, “el principal tema que preocupa a todo país latinoamericano es la intervención. Deberíamos perfilarnos con fuerza a favor de una resolución que renuncie a ella.”
Hull, a quien Gruening describió posteriormente como alguien que hablaba con el grueso acento de un miembro nacido y crecido en la aristocracia de Tennessee, soltando ‘gs’ y luchando con la ‘rs’, respondió que sería difícil.
“¿Qué voy a hacer cuando el caos estalle en uno de esos países y bandas armadas anden por ahí, quemando, saqueando y asesinando estadounidenses?” preguntó Hull. “¿Cómo le voy a decir a mi gente que no podemos intervenir?”
“Señor Secretario,” respondió Gruening, “usualmente eso sólo sucede después de nuestra intervención.”
Hull, sin embargo, temía una mala acogida por la prensa. “Si me pronuncio contra la intervención,” dijo, “los periódicos de Hearst me atacarán de costa a costa… Recuerde, Gruening, el señor Roosevelt y yo tenemos que ser reelegidos.”
“Un pronunciamiento contra la intervención le ayudaría a ser reelegido,” respondió Gruening. Ayudaría, insistió, a sacar al Nuevo Trato del carrusel de invasión, ocupación, e insurgencia que había estropeado considerablemente el prestigio de EE.UU. en toda Latinoamérica y en gran parte del mundo.
Tenía razón. En Montevideo, Gruening ayudó a colmar la brecha entre los enviados de EE.UU. y diplomáticos latinoamericanos “anti-estadounidenses”, incluyendo los de Cuba donde, mucho antes de la revolución de Fidel Castro de 1959, las intervenciones seriales de EE.UU. habían tensado las relaciones entre la Habana y Washington. Lo que es más importante, reconcilió al Secretario de Estado con el principio de la no-intervención.
Hull “se puso” maravillosamente “a la altura de las circunstancias,” escribió Gruening, al anunciar que EE.UU. “evitaría y rechazaría” en lo futuro el “así llamado derecho de conquista… El Nuevo Trato sería sin duda un alarde vacío si no significara eso.” Los delegados latinoamericanos se manifestaron en “un estruendoso aplauso y vítores.” Y Roosevelt, como el ágil político de siempre, aprovechó el momento, para confirmar que la “política definida de EE.UU. es desde ahora la de oponerse a la intervención armada.”
“Nuestra era de ‘imperialismo’ llega a su fin,” anunció el New York Times. “El ‘Destino Manifiesto’ es reemplazado por la nueva política de ‘trato igual para todas las naciones.’”
Veintiuna formas diferentes de odio
No del todo, por cierto. Washington volvió a una política de intervencionismo en la era de la Guerra Fría. Sin embargo, no se puede exagerar la importancia de ese cambio diplomático radical.
Montevideo fue el primer éxito significativo de Roosevelt en la política exterior, marcando un hito en la suerte del país como superpotencia ascendiente. Luego ordenó que los marines se retiraran de Haití, mientras devolvía al país su banco nacional; abrogó la odiada Enmienda Platt a la constitución de Cuba, que había convertido la isla en un Estado vasallo de EE.UU.; y comenzó a tolerar un grado de nacionalismo económico en Latinoamérica, incluida la expropiación por México de la propiedad de Standard Oil.
La inmensa popularidad de Roosevelt en Latinoamérica, avivó sus aspiraciones al liderazgo mundial. Al visitar Buenos Aires en 1936, fue recibido por más de un millón de adeptos extáticos que le dieron una “ovación desenfrenada” y lo “bombardearon con flores.” Incluso la prensa usualmente escéptica de Buenos Aires lo saludó como “pastor de la democracia,” mientras los hospitales esperaban una “inmensa cosecha de ‘Roosevelts entre los bebés,” a pesar de la prohibición de nombres extranjeros para los niños.
La mejora de las relaciones con Latinoamérica también ayudó a EE.UU. a recuperarse de la Gran Depresión. Con Asia vedada y Europa en camino a la guerra, Washington miró hacia el sur tanto para mercados para bienes manufacturados como para materias primas, negociando tratados comerciales con 15 países latinoamericanos entre 1934 y 1942.
Lo más importante, Latinoamérica se convirtió en el laboratorio para lo que luego llegó a ser conocido como multilateralismo liberal – el marco diplomático que, después de la Segunda Guerra Mundial, permitiría que EE.UU. acumulara un poder sin precedentes. Como la Liga de Naciones estaba prácticamente muerta, los diplomáticos comenzaron a discutir la posibilidad de una nueva “Liga de las Américas.” Finalmente terminaron por convertirse en la Organización de Estados Americanos y en Naciones Unidas. (Cada cual consagró en su Carta el principio de la no-intervención absoluta.) El propio Roosevelt sostuvo la “ilustración de las repúblicas de este continente” como modelo para la reconstrucción global de posguerra.
Cordell Hull obtuvo el Premio Nobel de la Paz por ayudar a fundar la ONU, y Roosevelt fue honrado por superar “muchas veces 21 tipos diferentes de odio” para “vender la idea de la paz y la seguridad entre las repúblicas americanas.” Pero las gracias en realidad debieran ser destinadas a antiimperialistas como
Gruening y a combatientes guerrilleros como Augusto Sandino de Nicaragua que convirtieron el militarismo en una política extranjera insostenible.
Setenta y cinco años después…
Los paralelos con la actualidad son inconfundibles: una economía global arruinada; un nuevo presidente con un mandato de reforma, pero bloqueado en el extranjero por rivales ascendentes e incapacitado por la rápida recesión del poder y del prestigio de EE.UU. debido a años de un militarismo arrogante y unilateral. Y después de una cumbre de Londres de las potencias económicas, una conferencia latinoamericana: la Quinta Cumbre de las Américas a la que asistirán 34 jefes de Estado representando a todos los países americanos con la excepción de Cuba.
La última vez que esa cumbre se reunió en el centro turístico costero argentino de Mar del Plata en 2005, los argentinos no saludaron a George W. Bush como pastor de la democracia sino como evangelizador por la guerra, el militarismo, y el capitalismo salvaje. Miles llegaron de todo el continente para quemar la efigie del presidente. Hugo Chávez de Venezuela y Evo Morales de Bolivia convocaron a una festiva “Cumbre de los Pueblos” paralela, mientras la leyenda futbolística de Argentina, Maradona, calificó a Bush de “basura humana” y de que “es un asesino”. Para parafrasear el homenaje de Michael Moore en los Premios de la Academia a las Dixie Chicks, si Maradona está en tu contra, se te acabó el tiempo en Latinoamérica.
Con un portaaviones estacionado cerca y aviones de caza volando a ras por encima, Bush todavía se sentía nervioso y parecía estar más allá del límite de sus posibilidades. A sólo unos pocos meses después que el huracán Katrina arrasara Nueva Orleans, con Iraq que se precipitaba fuera de control, la desastrosa actuación de Bush en Argentina, combinada con una impresionante demostración de unidad latinoamericana, aceleró la extinción de la pretensión de supremacía global de los neoconservadores. “EE.UU. sigue viendo las cosas de una cierta manera,” dijo un diplomático latinoamericano en la Cumbre, “pero la mayoría del resto del hemisferio ha seguido adelante y se dirige en otra dirección.”
Y así era, con un giro a la izquierda que comenzó con la elección de Chávez en 1998 como presidente de Venezuela, y que sigue a buen ritmo. El año pasado, después de todo, Paraguay eligió a un teólogo de la liberación como presidente; y el pasado mes el Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí – el grupo guerrillero convertido en partido político al que trató de derrotar Ronald Reagan gastando seis mil millones de dólares al coste de 70.000 vidas salvadoreñas en los años ochenta – finalmente llegó al poder en El Salvador.
Esta semana mucha gente esperará ver si Barack Obama, en lo que será su primera cita real con Latinoamérica, está dispuesto a revertir su orientación en esta Cumbre como Roosevelt lo hizo hace más de tres cuartos de siglo. Para EE.UU., Latinoamérica no ha sido sólo una fuente de materias primas y mercados, sino un “taller de ensayo”, un lugar donde coaliciones surgentes de política exterior prueban nuevas maneras de proyectar el poder de EE.UU. después de períodos de crisis aguda. Roosevelt lo hizo, como Reagan y como la Nueva Derecha cuando, en los años ochenta, utilizaron Centroamérica para experimentar en el desecho del multilateralismo, mientras remilitarizaban y remoralizaban la política exterior.
Hoy en día, el presidente Obama es enormemente popular en Latinoamérica. Una serie de políticos locales en la región incluso adoptaron legalmente su nombre para obtener una ventaja en las elecciones, e indudablemente hay bastantes bebés que serán llamados Obama. El presidente de Brasil, conocido simplemente como Lula, dice que él ora por Obama – e incluso Maradona admite que le gusta “mucho.”
Pero la popularidad sólo llega hasta cierto punto. Por primera vez en muchas décadas, un presidente estadounidense podría descubrir que se están acabando los días en los que EE.UU. podía utilizar Latinoamérica como un espacio para ensayos imperiales.
La opción colombiana
¿Qué, entonces, ofrecerá Obama en Trinidad y Tobago? ¿Se propondrá “irradiar buena voluntad,” como Hull en 1933, pero no será necesariamente “amigable hacia todos?” Ya ha enmarañado las cosas al insistir en que Hugo Chávez es un “obstáculo” para el progreso. Te guste o no, Chávez es reconocido como líder legítimo por todos los países latinoamericanos y es un estrecho aliado de muchos de ellos. Durante ocho años, la política del gobierno de Bush de introducir una cuña entre el resto de la región y el venezolano ha sido un fracaso atroz, excepto cuando fue cosa de aumentar la fuga del poder decrépito de EE.UU. en el hemisferio.
En muchos frentes, sin embargo, el presidente probablemente descubrirá que sus verdaderos obstáculos al progreso al sur de la frontera yacen incómodamente cerca.
Como preparación para la cumbre, el gobierno de Obama ha hecho algunos intentos de acercamiento a Cuba, como reacción a las demandas de casi todos los países latinoamericanos de que Washington termine su guerra fría contra la Habana. La necesidad de controlar a los senadores demócratas de Florida y Nueva Jersey (Estados con grandes poblaciones cubano-estadounidenses) significa que el embargo comercial continuará vigente, por lo menos por el momento. (En 1933, Hull trató de impedir que hablara el enviado cubano, por temor a que hiciera un ardiente discurso anti-estadounidense; Gruening apeló al principio de la libertad de expresión para revertir la prohibición.)
Obama probablemente reiterará declaraciones oficiales de la Secretaria de Estado Hillary Clinton, entre otras, de que EE.UU. carga con una responsabilidad real por la violencia en la guerra de la droga en México y tal vez deplore la manera como una “incapacidad de impedir que armas sean ilegalmente contrabandeadas a través de la frontera” alimenta los asesinatos relacionados con la droga. Como todo otro gobierno, sin embargo, Obama tendrá que responder a la Asociación Nacional del Rifle (NRA), que actualmente realiza su propia política exterior.
En 2005, por ejemplo, cuando Brasil realizó un referendo para implementar una estricta ley de control de armas, la NRA, gastó una cantidad considerable de dinero cabildeando para derrotarlo. Por lo tanto hay que esperar que la NRA combata todo intento de detener el flujo de armas al sur de la frontera. En los hechos, el senador por Wyoming, John Barrasso, espera utilizar el temor a la violencia de la droga mexicana para imponer una mayor distribución de armas de asalto. Según su explicación del problema: “¿Por qué vais a desarmar a alguien si posiblemente podría ser víctima del fuego cruzado?... EE.UU. no renunciará a sus derechos según la segunda enmienda por el problema fronterizo de México.”
Y así van las cosas: En casi cada tema en el que podría ayudar realmente a aliviar el sufrimiento de los latinoamericanos o permitir que EE.UU. recuperara a aliados estratégicos, la política interior limitará el radio de acción de Obama, aunque no su popularidad inmediata.
Sólo hace poco, un grupo de estudios compuesto de algunos de los principales intelectuales y responsables políticos de Latinoamérica, incluidos ex presidentes de Brasil, Colombia y México, declaró que la guerra contra la droga de EE.UU. es un fracaso y recomendó la legalización de la marihuana. Obama obviamente tiene actitud favorable a esa posición, ya que ordenó al Departamento de Justicia que renunciara a los procesamientos por “usos médicos de marihuana”. ¿Pero podrá desescalar la guerra contra la droga en Latinoamérica? Es poco probable.
Como candidato, el presidente dijo que no se oponía a todas las guerras, sólo a las estúpidas – y ésta es tan estúpida como la que más. No ha disminuido las exportaciones de narcóticos a EE.UU., pero ha propagado la violencia por Centroamérica hasta México, mientras arraigaba el poder paramilitar en Colombia. El Plan Colombia, pieza central de esa guerra, es un legado de la política exterior de Bill Clinton, y gran parte de los seis mil millones de dólares gastados hasta ahora para librarla ha sido esencialmente depositada directamente en los cofres de los patrocinadores corporativos del Partido Demócrata como ser United Technologies de Connecticut y otros contratistas de la defensa del noreste.
En lugar de desmantelar el Plan Colombia, es evidente que hay planes para que se prolifere como un virus más allá de las Américas. El almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto, comentó recientemente que “muchos de nosotros en todo el mundo podemos aprender de lo que ha pasado respecto a los acontecimientos muy exitosos del Plan Colombia,” y sugirió que fuera adjudicado “específicamente a Afganistán.” El corresponsal en la Casa Blanca del Washington Post, Scott Wilson, está de acuerdo, e insta a Obama a utilizar Colombia como una “sala de clases para aprender cómo derrotar a los talibanes.” Profundamente enterrada en la recomendación de Wilson hay una revelación: funcionarios de EE.UU., escribió, le dijeron “en privado” que el terror de los escuadrones de la muerte fue un primer paso necesario en el Plan Colombia, que sirvió como un “marcador de posición” hasta que EE.UU. pudiera entrenar a un ejército “profesional.” El gobierno de Bush hizo que “el dinero siguiera fluyendo al ejército de Colombia a pesar de la evidencia de su complicidad en masacres paramilitares.”
El camino a Latinoamérica pasa por Brasilia…
En última instancia, el único camino real para Washington pasa por la capital brasileña, Brasilia. Después de todo, Obama se acerca a la región no como un líder de una superpotencia segura de sí misma, sino como un hegemón otoñal. Como tal, su mejor opción podría ser la formación de una cooperación con Brasil – la economía mayor y más diversificada de Latinoamérica, con enormes reservas de petróleo en el mar recientemente descubiertas y una copiosa lista de aspiraciones políticas – para administrar el hemisferio. La Casa Blanca reconoce claramente que así es, motivo por el cual un responsable del gobierno calificó la reciente reunión personal de Lula en Washington con Obama como reconocimiento de la “influencia global” de Brasil.
Justo antes de la reunión del G-20 convocada en Londres, Lula culpó a la “conducta irracional de gente que es blanca” y de “ojos azules” por el colapso financiero mundial. De pie junto al palideciente primer ministro británico Gordon Brown, siguió diciendo: “No conozco a ningún banquero negro o indígena de modo que sólo puedo decir [que está mal] que esa parte de la humanidad, que es victimizada más que ninguna otra, deba pagar por la crisis.”
Si esas palabras hubieran provenido de la boca de Chávez, habrían sido tomadas como la última indicación de su irracional actitud anti-estadounidense, pero el gobierno de Obama necesita a Lula. En Londres, Obama apenas se pudo contener: “Éste es mi hombre,” dijo, tomando la mano de Lula ante el Secretario del Tesoro Timothy Geithner. "Me gusta este tipo. Es el político más popular del mundo. Es por lo bien que se ve.” Fue ciertamente una mejora en comparación con George Bush, quien preguntó al predecesor brasileño de Lula: “¿Tenéis negros, también?”
Sin embargo la cooperación de Brasil tendrá su precio, y a Obama no le será fácil pagarlo. El programa barroco e inflado de subsidios a la agricultura y de aranceles – que miembros de la Cámara y el Senado no permitieron que Obama recortara – impedirá que el presidente acepte de modo elegante la demanda central de Lula: que EE.UU. esté a la altura de su retórica sobre el libre comercio y abra su economía a la agro-industria competitiva de Brasil.
…Alrededor de Caracas…
Y luego está Venezuela. Hace setenta y cinco años, el Secretario de Estado Hull temía que los periódicos de Hearst lo atacaran “de costa a costa” si renunciaba al intervencionismo. Bueno, mientras más cambian las cosas…
Cuando el Departamento de Estado de Obama declaró que el reciente referendo de Venezuela para eliminar los límites de períodos presidenciales (y permitir así que Chávez se presente a la reelección) es un asunto interior “consistente con los principios democráticos,” fue atacado por el Houston Chronicle, cuyo dueño es – adivinasteis – Hearst Corporation. Hubo más críticas, que hicieron que los funcionarios del gobierno “pugnaran,” según el Wall Street Journal, “por afirmar que el gobierno de Obama no ha atenuado la política de EE.UU. hacia Venezuela.”
Ya que la continua satanización de Chávez no involucra absolutamente ningún coste interior y aligera muchas cargas potenciales, Obama podría verse obligado a mantener alguna versión de la línea dura del gobierno de Bush, tal vez mediante el suministro al presidente de la cobertura necesaria para una retórica, si no política, moderada, en puntos de verdadero peligro donde hay mucho más en juego – como en Oriente Próximo.
…Y termina en Texas
La inmigración es un área en la cual Obama podría tener un cierto margen de maniobra, pero tendría que superar el ala Glenn-Beck del Partido Republicano. La orden a los agentes de Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE.UU. para que dejen de perseguir a trabajadores latinoamericanos indocumentados (como lo han solicitado los presidentes de México y Centroamérica) y que se abra un verdadero camino hacia la ciudadanía ayudaría considerablemente a mejorar las relaciones con los vecinos del sur. También garantizaría la lealtad de los votos latinos en 2012 y, al crear millones de nuevos votantes, tal vez acercaría a Texas a la condición de Estado indeciso entre los dos grandes partidos.
Vuelta a la escena del crimen
En última instancia, sin embargo, la visión de Obama será limitada por la mezquindad de las imaginaciones de los asesores con los que se ha rodeado. Ya no hay Gruenings, ni Hulls en ese grupo. Ha mantenido al Secretario Adjunto de Estado para Latinoamérica de George W. Bush, Thomas Shannon y ha escogido a Jeffrey Davidow como su asesor especial en la cumbre.
Davidow, diplomático de carrera, cuyo historial en el servicio exterior ha sido poco interesante en general, aunque su primer puesto fue en Guatemala a comienzos de los años setenta cuando los escuadrones de la muerte respaldados por EE.UU. hacían lo que querían, lo que fue seguido por un puesto como un menor agente político en Chile, donde observó el golpe militar de 1973 respaldado por EE.UU. que derrocó al presidente elegido Salvador Allende. Comprometidos con el mantra de la era Clinton de liberalización económica, esos diplomáticos nunca recomendarán el tipo de idea de cambio de las reglas del juego, como lo hizo Gruening.
Ya que la crisis financiera global dominará esta cumbre, la aparición de Obama será vista por algunos como una vuelta a la escena del crimen. Después de todo, fue Chile donde el ahora desacreditado modelo del desregulado capitalismo financiero fue impuesto por primera vez. Esto ocurrió mucho antes de que los presidentes Reagan y Clinton lo adoptaran para EE.UU.
A medida que ese modelo se propagó luego por el resto de Latinoamérica, los resultados fueron absolutamente desastrosos. Durante dos décadas, las economías se anquilosaron, la pobreza se profundizó, y la desigualdad aumentó. Para empeorar la situación, precisamente cuando una nueva generación de izquierdistas tomaba medidas para disminuir la pobreza y reducir la desigualdad, y se estaba recuperando de esa catástrofe inducida por Washington, una temeraria burbuja de la vivienda estalló en EE.UU., derrumbando la economía global.
Los latinoamericanos presentarán una cuenta. Como lo describió hasta el presidente colombiano, Alvaro Uribe, estrecho aliado de EE.UU.: “Todo el mundo ha financiado a EE.UU., y creo que tienen una deuda recíproca con el planeta.” Hugo Chávez no podría haberlo dicho mejor.
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A primera vista podría parecer que Obama suaviza la política de EE.UU. hacia Latinoamérica, en especial si es comparada con la de su predecesor. Ha habido suficientes editoriales elogiando el enfoque conciliador de Obama, y comparándolo con la política latinoamericana del "Buen Vecino" de Franklin Delano Roosevelt.
Sin embargo, es importante recordar que la idea de Roosevelt de ser amigable significaba solamente que EE.UU. dejaría de realizar intervenciones militares directas en Latinoamérica, mientras se reservaba el derecho a crear y fortalecer a dictadores, armar y entrenar fuerzas armadas regionales impopulares, promover la dominación económica mediante el libre comercio y préstamos bancarios, conspirar con grupos derechistas, etc….
Y aunque la política de Obama hacia Latinoamérica causa una sensación parecida, muchos de los métodos de dominación de Roosevelt no están a su disposición. Décadas de política de "buen vecino" de EE.UU. en Latinoamérica resultaron en una cadena continua de golpes militares respaldados por EE.UU., economías de deudores en bancarrota, y consecuentemente, una revuelta a escala hemisférica.
Muchos de los jefes de Estado con los que Obama se juntó en la Cumbre de las Américas llegaron al poder gracias a movimientos sociales nacidos de la oposición a la política exterior de EE.UU. El extremo odio a la dominación de EE.UU. en la región es tan intenso que cualquier intento de Obama de restablecer la autoridad de EE.UU. resultaría en una reacción violenta, y Obama lo sabe.
Bush tuvo que aprenderlo por las malas, cuando su patético intento de domar a la región condujo a una humillación en la Cumbre de 2005, donde por primera vez los países latinoamericanos derrotaron un intento más de EE.UU. de utilizar la Organización de Estados Americanos (OEA) como instrumento de la política exterior de EE.UU.
Pero mientras Obama discutía humildemente temas hemisféricos "en igualdad de condiciones" con sus homólogos latinoamericanos en la reciente Cumbre de las Américas, señaló sutilmente que la política exterior de EE.UU. seguirá siendo la misma.
La señal menos sutil de que Obama sigue la línea de anteriores gobiernos de EE.UU. – republicanos y demócratas – es su posición respecto a Cuba. Obama ha adoptado una postura como si fuera progresista cuando se trata de Cuba al aflojar algunas restricciones de viaje y financieras, mientras mantiene en su sitio el tema mucho más importante del embargo económico.
Cuando se trata del embargo, EE.UU. es totalmente impopular y está aislado en el hemisferio. El sistema bipartidista de EE.UU., sin embargo no puede dejar pasar el asunto.
El propósito del embargo no es presionar a Cuba para que sea más democrática: esa mentira puede ser fácilmente refutada por los numerosos dictadores que EE.UU. ha apoyado en el hemisferio, para no mencionar a los dictadores que EE.UU. actualmente refuerza en todo Oriente Próximo y otros sitios.
El verdadero propósito detrás del embargo es lo que Cuba representa. Para todo el hemisferio, Cuba sigue siendo una sólida fuente de orgullo. Cuba se ha convertido en inspiración para millones de latinoamericanos por la derrota de EE.UU. en Playa Girón, y su inflexible independencia en una región dominada por corporaciones de EE.UU. e intervenciones de anteriores gobiernos. Esa profunda ruptura con la dominación de EE.UU. – nada menos que en su "propio patio trasero" – no es perdonada fácilmente por EE.UU.
También hay una razón más profunda para no eliminar el embargo. El fundamento de la economía cubana está organizado de manera que amenaza el principio filosófico más básico compartido por el sistema bipartidista: la economía de mercado (capitalismo).
Y aunque la "lucha contra el comunismo" pueda parecer una reliquia polvorienta de la era de la guerra fría, la actual crisis del capitalismo mundial plantea de nuevo la pregunta: ¿hay otra forma de organizar la sociedad?
Incluso a pesar de la inmensa falta de recursos y tecnología de Cuba (agravada aún más por el embargo de EE.UU.), los logros en la atención sanitaria, la educación y otros campos son suficientes para convencer a muchos en la región de que hay aspectos de la economía que vale la pena repetir – sobre todo el concepto de producir para satisfacer las necesidades de todos los cubanos y NO para el beneficio privado.
Hugo Chávez ha sido el líder latinoamericano más inspirado por la economía cubana. Chávez ha realizado importantes pasos hacia el quiebre del modelo económico capitalista y ha insistido en que el socialismo es "el camino adelante" – y gran parte del hemisferio está de acuerdo.
Es la única razón por la cual Obama continúa la hostilidad de la era de Bush contra Chávez. Obama, es verdad, ha sido menos directo respecto a sus sentimientos hacia Chávez, aunque ha declarado en público que Chávez "exporta terrorismo" y es un "obstáculo para el progreso." Ambas acusaciones son, en el mejor de los casos, miserables mentiras. Chávez sacó la conclusión correcta de los comentarios cuando dijo:
"Él [Obama] dijo que soy un obstáculo para el progreso en Latinoamérica; por lo tanto, hay que quitarlo, ese obstáculo, ¿verdad?"
Es importante señalar que, mientras Obama "escuchaba y aprendía" en la Cumbre de las Américas, el hombre que había nombrado para que coordinara la cumbre, Jeffrey Davidow, esparcía afanosamente veneno anti-venezolano en los medios.
Esa desinformación es necesaria por la "amenaza" que representa Chávez. La amenaza en este caso va contra corporaciones de EE.UU: en Venezuela, que piensan, correctamente, que corren peligro de ser intervenidas por el gobierno venezolano para que sirvan las necesidades sociales del país en lugar del beneficio privado. Obama, como su predecesor, cree que un acto semejante iría en contra de los "intereses estratégicos de EE.UU.," vinculando así los beneficios privados de mega-corporaciones que actúan en un país extranjero a los intereses generales de EE.UU.
En los hechos, esa creencia de que el gobierno de EE.UU. debe proteger y promover a las corporaciones de EE.UU. que actúan en el extranjero es la piedra angular de la política exterior de EE.UU., no sólo en Latinoamérica, sino en el mundo.
Antes de los movimientos revolucionarios que se liberaron de gobiernos títeres de EE.UU. en la región, Latinoamérica era utilizada exclusivamente por corporaciones de EE.UU. para extraer materias primas a precios por el suelo, para utilizar mano de obra barata para obtener súper ganancias, mientras toda la región era dominada por bancos de EE.UU.
Las cosas han cambiado dramáticamente. Los países latinoamericanos han tomado a su cargo industrias que fueron privatizadas por corporaciones de EE.UU., mientras compañías chinas y europeas han recibido luz verde para invertir en una magnitud que resta importancia a las corporaciones de EE.UU.
Para Obama y el resto del sistema bipartidista, esto es inaceptable. La necesidad de reafirmar el control corporativo de EE.UU. en el hemisferio es una de las principales prioridades de Obama, pero la maneja de un modo estratégico, siguiendo el camino preparado por Bush.
Después de darse cuenta de que EE.UU. no podía controlar la región mediante métodos más vigorosos (especialmente debido a dos guerras que está perdiendo en Oriente Próximo), Bush prefirió sabiamente tomar una cierta distancia y fortificar su posición. Los puntos de apoyo aislados para Bush en Latinoamérica eran, lo que no sorprende, los dos únicos gobiernos de extrema derecha en la región: Colombia y México.
Bush trató de fortalecer la influencia de EE.UU. en ambos gobiernos, implementando primero el Plan Colombia, y luego la Iniciativa Mérida (también conocida como Plan México). Ambos programas aseguran que inmensas sumas de dólares del contribuyente de EE.UU. sean canalizados a esos gobiernos impopulares con el propósito de reforzar sus organizaciones militares y policiales, que en ambos países tienen atroces historiales de abusos de los derechos humanos.
En efecto, la relación diplomática con esos fuertes "aliados" de EE.UU." – combinada con la ayuda financiera y militar, actúa para reforzar ambos gobiernos, que posiblemente habrían caído de otra manera (Bush se apresuró a reconocer al nuevo presidente de México, Calderón, a pesar de la evidencia de fraude electoral en gran escala). Ambas relaciones fueron legitimadas por la retórica típica: EE.UU. estaba ayudando a Colombia y México a combatir el "narco-terrorismo."
La implicación total de esas relaciones fue revelada cuando, el 1 de marzo de 2008, los militares colombianos bombardearon una base de las FARC en Ecuador sin advertencia previa (EE.UU. y Colombia consideran que las FARC son una organización terrorista). Los países latinoamericanos organizados en el "Grupo de Río" denunciaron la incursión, y la región se desestabilizó instantáneamente (Bush y Obama apoyaron el bombardeo).
La conclusión a la que han llegado muchos en la región – el más notable, Chávez – es que EE.UU. utiliza a Colombia y México para contrarrestar la pérdida de influencia en la región. Mediante el refuerzo de los poderosos ejércitos de ambos países, realza considerablemente el potencial para intervenir en los asuntos de otros países en la región.
Obama se ha apresurado a colocar firmemente su peso político tras Colombia y México. Mientras ponía por las nubes el Plan Colombia, Obama hizo un viaje especial a México antes de la Cumbre de las Américas para reforzar su alianza con Felipe Calderón, prometiendo más ayuda de EE.UU. a la "guerra de la droga" en México.
Lo que dejan en claro estas acciones es que Obama continúa el antiguo juego del imperialismo de EE.UU. en Latinoamérica, aunque de modo menos directo que el gobierno anterior. El intento de Obama de realizar una política de "buen vecino" en la región inevitablemente se verá limitado por las molestas demandas de "intereses estratégicos de EE.UU.," es decir, las demandas de corporaciones de EE.UU. que quieren dominar los mercados, mano de obra barata, y materias primas de Latinoamérica. Y aunque una cosa es sonreír a las cámaras y darse apretones de manos con dirigentes latinoamericanos en la Cumbre de las Américas, las corporaciones de EE.UU. exigirán que Obama se muestre proactivo en la ayuda para que se restablezcan en la región, exigiendo todas las intrigas y maniobras del pasado.
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Obama considera su política hacia Latinoamérica, y dice que llegó el momento para una "una nueva alianza de las Américas. Después de ocho años de políticas fracasadas, necesitamos un liderazgo nuevo para el futuro", manifestó.Criticó la estrategia del presidente George W. Bush hacia la región, al señalar que desde que el Gobierno inició una guerra "equivocada" en Irak, su política en Latinoamérica ha sido "negligente hacia nuestros amigos e ineficaz con nuestros adversarios".
El nominado Demócrata aseveró que como presidente se fijará "la meta clara, de acabar en 10 años nuestra dependencia del petróleo del Oriente Medio". Obama dijo que hará eso aprovechando con cuidado la energía nuclear e invirtiendo en fuentes de energía renovable."Así como mantenemos nuestra promesa la próxima generación aquí en el país, de la misma manera debemos mantener la promesa de Estados Unidos en el extranjero", aseveró Obama, también Obama afirmó que "establecerá nuevas asociaciones para derrotar a las amenazas del siglo XXI".