Por Julio César Pineda
La política exterior y la diplomacia tendrán un lugar especial en la agenda presidencial de Barack Obama, en la búsqueda del prestigio y el respeto de Estados Unidos, perdidos durante los ocho años del presidente Bush. Deberá reafirmar la legalidad y la legitimidad de la múltiple e intensa actividad internacional de la primera potencia del mundo. Fue un error la invasión a Irak sin el acuerdo del Consejo de Seguridad de la ONU y la necesaria consulta a los principales actores internacionales. El presidente Obama deberá afrontar inmediatamente la solución al conflicto iraquí con la anunciada retirada de las tropas estadounidense y la participación de la Liga Árabe.
En Afganistán la alternativa militar ha fracasado, deben buscarse nuevas alternativas. Los árabes y especialmente los palestinos esperan la solución definitiva para la total soberanía e independencia de Palestina, dentro de la lógica seguridad que espera Israel.
Con Obama se diluye lo que parecía la inevitable confrontación con Irán, en una guerra con armas nucleares y con la implicación directa de Israel, Europa, China y Rusia. Por primera vez desde la revolución en ese país un jefe de Estado felicitó al Presidente electo, Irán con armas nucleares preocupa también al mundo árabe musulmán.
La bipolaridad entre Moscú y Washington que parecía inevitable reviviendo tiempos de guerra fría, con Obama pudiera significar una nueva distensión, con el respeto a las zonas de influencia, la diplomacia norteamericana debe ser prudente en Europa oriental, esto obligaría a los rusos a frenar su implante militar en América Latina.
La India y Pakistán, requieren la comprensión estadounidense tanto por sus políticas internas como por la situación de Cachemira; siendo dos potencias nucleares del tercer mundo, el trato por el sistema internacional y particularmente por Washington debe ser equilibrado. Con Pakistán después del asesinato de Benazir Bhuto y la caída del régimen militar de Mucharraf la democracia necesita fortalecerse sin la violación de derechos humanos bajo la excusa del combate contra el terrorismo.
Los norteamericanos que votaron por Obama no quisieran ver repetirse la Gran Depresión de 1929 y los socios de las economías más importantes aprovecharán de impulsar la reforma del sistema financiero internacional con más de 60 años de vigencia.
En la sede europea de las Naciones Unidas en Ginebra y en la sede principal de Nueva York, los diplomáticos aspiran a las transformaciones necesarias de este organismo sostenido en su 25% por Estados Unidos, se requiera una dimensión ambiental, de lucha contra la pobreza, de defensa a los derechos humanos y de fuerza disuasoria para la paz de esta organización que en 1945 nació con 51 miembros y hoy aglutina a 152 Estados.
América Latina siempre ha esperado más de los gobiernos demócratas y ahora con mayor esperanza con el primer presidente afroamericano. Aunque nuestra región no es prioritaria en el laberinto mundial, gobiernos y pueblos esperan mucho de Obama y su gobierno.
El primer encuentro importante entre el presidente estadounidense y nuestros jefes de Estado tendrá lugar del 17 al 19 mes abril del próximo año, en Trinidad y Tobago, durante la Cumbre de las Américas. Para la izquierda radical continental será difícil satanizar al nuevo presidente de color, de origen humilde, en una sociedad permeable y con tesis liberales en política exterior.
El encuentro a comienzos de semana entre el presidente Bush y el presidente electo, permitió repasar estos y otros temas internacionales, con la cordialidad pero con la firmeza de lo que cada proyecto político representa y que cada líder quiere encarnar.
Obama ya tiene los nombres claves para los altos cargos del nuevo gobierno, los proyectos de leyes, y especialmente las órdenes ejecutivas para modificar las existentes haciendo uso de su autoridad presidencial sin esperar al Congreso, aunque tiene la mayoría garantizada en ambas cámaras.
Francis Fukuyama criticaba al presidente Bush por no resolver el dilema entre la pretensión hegemónica y la legitimación internacional, Obama entiende que estamos en tiempos de la multipolaridad y el necesario respeto al derecho internacional.
En su libro "La Audacia de la Esperanza" Obama demuestra que es posible conciliar el idealismo con el realismo, la teoría con la praxis, la razón con la fuerza. En árabe Barack significa esperanza, bendición, el Dios de todas las religiones ojalá permita que así sea. El Universal - Caracas, jueves 13/11/2008
Email: jesusgonzalez [en] gmail.com
Por Julio Sánchez Cristo
Una pregunta: ¿quedan aún grandes huellas de racismo en este país? Cuando entrevistamos a influyentes líderes políticos blancos se regaron en prosa a decir que esta nación estaba preparada para votar por un negro y que esa página discriminatoria de la historia reciente estaba en el pasado. Pues saquen ustedess las conclusiones: los votantes blancos sufragaron en un 55% por McCain y el 43% por Obama, los votantes negros votaron en un 93% por Obama y los votantes hispanos en un 63% hicieron lo mismo. Con estos números se pueden concluir muchas cosas, interpretaciones distintas, pero indiscutiblemente confirmar que los blancos querían de presidente al candidato que perdió.
Pasan cosas cuando la Constitución norteamericana entrará por primera vez en cabal cumplimiento de su mandato donde dice que todos los hombres nacen iguales. Thomas Friedman, del New York Times, fue más allá. Según él, la noche del 4 de noviembre la guerra civil norteamericana terminó cuando un hombre negro, Barack Hussein Obama, se convirtió en presidente de los Estados Unidos. Esta explosión de emociones se convirtió en el más importante multiplicador de esperanza que nuestra historia contemporánea recuerde. Ver a este hombre con su mujer y sus hijitas caminar por esa plataforma en el parque de Chicago producía lágrimas, escalofríos y, sin ser norteamericanos, gran orgullo de confirmar que el cambio sí se podía y que el color no importaba. En su discurso, lleno de mágicas pinceladas, el señor Obama dijo que la fuerza auténtica de su nación no llegaba del poderío de las armas, ni de la magnitud de la riqueza, sino del poder de sus ideales. Al otro día el Dow Jones de desplomó un 5% y no fue noticia, a nadie le importaba, el verdadero indicador era el ver un nuevo despertar. Ese desayuno fue único, esa primera página del periódico quedará guardada para siempre, aplastando los recuerdos de la esclavitud y justificando el valor de haber soportado tanta humillación, tantas cadenas, tantos linchamientos, tanta persecución del Ku Klux Klan. Tantos empleos del más bajo nivel y ningún reconocimiento siquiera en los medianos. Qué fuerza toman por cuenta de este martes los ejemplos de dignidad y valor, el caso de Elizabeth Eckford cuando decidió en 1957 entrar a un colegio de blancos en Little Rock, las marchas de Martin Luther King, la decisión de Rosa Parks de no ceder su asiento a un blanco en un bus de Alabama. Latigazos, bombas, incendios, asesinatos que no detuvieron a hombres como Malcolm X, Marcus Garvey, Jesse Owens, Joe Louis, Josephine Baker, Ella Fitzgerald, Duke Ellington, Cassius Clay, Colin Powell, Sidney Poitier, Oprah, Tiger, Magic, Halle Berry, Will Smith, Denzel Washington, Morgan Freeman y la misma Condoleezza Rice, para no hacer extensa la lista.
Pasan cosas cuando como con una ducha fría en verano el mundo despierta y le apuesta a que nada será igual, pero para bien. Un hijo de Kenia y de Kansas, que reconoció en su rival a un gran hombre, y un perdedor que se rendía ante su nuevo presidente en elogios, es la mejor muestra de la solidez de una democracia que en medio de las dificultades se estremece y se une. No es el momento de mirar atrás, sino al contrario de reunir todo lo bueno para rodear al presidente Obama y ayudarle a guiar al mundo, que en buena parte dependerá de él. Bien dijo: ``Tengo familia de todas las razas y todos los colores distribuidos en tres continentes y mientras viva nunca olvidaré que en ningún otro país de este planeta sería posible mi historia''.
Si la sintonía del pueblo americano que perdió las elecciones ubica en el dial de su corazón el mensaje de John McCain, la oportunidad no podrá ser mejor para precisamente poner en práctica y hacer una realidad el fin de lo que nunca debió pasar, la guerra de razas. Sobre el tema racial el presidente electo dijo hace poco: ``... lo que sí he aseverado es mi firme convicción, una convicción enraizada en mi fe en Dios, en mi fe en el pueblo de los Estados Unidos, de que si trabajamos juntos podemos superar algunas de nuestras viejas heridas racistas''.
Creo firmemente en el futuro, una reconciliación histórica con una cicatriz que podría cerrar definitivamente, apoyando un gobierno incluyente, a diferencia de lo que ha pasado históricamente con los afroamericanos. Y por supuesto estoy seguro de que la Casa Blanca y el círculo más cerrado del Salón Oval estará inundado de blancos, que estarán allí no por blancos, sino por buenos. Ha llegado la hora de volver a empezar y nunca es tarde, y menos cuando es la voluntad de casi 70 millones de personas, de todos los colores, razas y orígenes.
Pasan cosas cuando producen lágrimas las palabras del reverendo Martin Luther King, asesinado en un motel en Memphis en el abril de hace 40 años, asesinado por líder y por negro. ''Yo tengo un sueño, que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales. Sueño que un día en las coloridas colinas de Georgia los hijos de los ex esclavos y los hijos de los ex propietarios de esclavos compartirán la mesa de la hermandad. Sueño que mis cuatro pequeños hijos vivirán un día donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter''. Hoy todos podemos decir: I have a dream.
El Nuevo Herald - Domingo 09 de noviembre del 2008
Por Jorge Ramos
Increíble. Esa es la palabra que describe el triunfo de Barack Obama. Hace 150 años Barack Obama, en lugar de ser presidente, podría haber sido un esclavo en Estados Unidos. Hace 50 años, lejos de lanzarse a la presidencia, Barack Obama no hubiera podido ni siquiera votar en varios estados sureños.
No deja de sorprender que su triunfo es, también, una impresionante y bienvenida corrección histórica de un país que por décadas permitió la esclavitud y que, aún hoy, sufre de racismo y discriminación. La sección 2 del artículo 1 de la Constitución de Estados Unidos defendía el derecho a tener esclavos. Y por mucho tiempo el censo contó a cada afroamericano como tres quintas partes de una persona.
Esta elección es un enorme avance. Demuestra que un niño que nació en una familia pobre, de un padre inmigrante de Kenia, y que luego quedó huérfano, puede llegar a Harvard, al Senado y a la Casa Blanca. Eso difícilmente puede ocurrir en otro país.
Es increíble que alguien con un nombre tan similar al de Osama bin Laden haya roto los prejuicios surgidos luego del 11 de septiembre del 2001 y, venciendo la formidable maquinaria de los Clinton en las elecciones primarias, le haya ganado la presidencia a un héroe de guerra.
Estados Unidos se atrevió a romper varios mitos en la pasada elección. Un afroamericano por fin llegó a la presidencia. Pero dos mujeres --Hillary Clinton y Sarah Palin-- también estuvieron muy cerca de la Casa Blanca. Y un soldado de 72 años demostró que no hay edad límite para gobernar.
Es 2008 el año en que los norteamericanos rompieron los prejuicios de raza, género y edad. Todo en una sola elección. El genio de Estados Unidos, dijo Obama en su discurso de victoria, radica en su capacidad de cambio y en su confianza en tres ideas: libertad, oportunidad y democracia.
Otro de los grandes logros de las pasadas votaciones es que tanto Barack Obama como John McCain estuvieron de acuerdo en hacer algo por los 12 o 13 millones de indocumentados. Si se fijan, el tema migratorio brilló por su ausencia en debates, anuncios y entrevistas porque los dos coincidían en la necesidad de una reforma migratoria integral. Eso evitó los frecuentes ataques contra los indocumentados que, en épocas de crisis como ésta, son culpados injustamente de todos los problemas del país. Ya pasó el momento de las promesas y ahora Barack Obama tiene que pensar en cómo cumplirlas. Hay una en particular que quiero destacar.
"No puedo garantizar que va a pasar en los primeros 100 días", me dijo Barack Obama en una entrevista en mayo. "Pero lo que sí puedo garantizar es que en el primer año tendremos propuesta de reforma migratoria".
Es una promesa muy grande. Podría legalizar, es decir, convertir en ciudadanos norteamericanos a millones de personas que se encuentran ilegalmente en Estados Unidos. Sin embargo, el asunto no sería una fiesta.
Cuando le pregunté si él suspendería las redadas y las deportaciones, que están separando a tantas familias hispanas, no se quiso comprometer. "Eso es parte de la revisión de nuestras políticas que tendré que hacer al tomar posesión", me dijo. En otras palabras, una presidencia de Obama no significa necesariamente el fin de las redadas.
Barack Obama votó en el Senado a favor de la construcción de un nuevo muro de 700 millas en la frontera con México. Obama, que quede claro, no va a abrir la frontera sur. "Necesitamos mayor vigilancia y seguridad en la frontera", me dijo. Y no sólo eso. "Tenemos que enfrentar a compañías y empleadores que están contratando a indocumentados, para asegurarnos de que estén cumpliendo las leyes norteamericanas".
Debemos quitarnos la idea de que la reforma migratoria que nos prometió Obama sólo va a incluir la legalización. Ese elemento importantísimo no podrá ser aprobado en el Congreso, aunque tenga una amplia mayoría demócrata, si no hay mayor control en la frontera y en la contratación de indocumentados.
Pero hay más. Barack Obama, contrario a la política del actual presidente Bush, cree que hay que incluir a México, de alguna manera, en el asunto migratorio. "Creo que es muy importante acercarnos al gobierno mexicano y descubrir lo que tenemos que hacer del otro lado de la frontera para promover el desarrollo económico y la creación de empleos allá", me dijo en otra entrevista a finales de octubre. "Mientras sigamos siendo un imán económico, y la gente no pueda mantener a sus familias en México, va a ser casi imposible enfrentar el problema migratorio a largo plazo".
Barack Obama tiene enormes retos que enfrentar cuando tome la presidencia y la pregunta es si va a cumplir su promesa de lograr un acuerdo migratorio el primer año. Y se lo pregunté. "Entiendo lo que me dices", respondió, "y por eso no quiero comprometerme (a una reforma migratoria) en los primeros 100 días".
Cuando hablé con Obama la primera vez, antes de que estallara la actual crisis financiera, me dijo que tendría cinco prioridades durante su primer año de gobierno: Irak, seguro médico, energía, educación y migración. Y ahora no sabemos si ampliará a seis sus prioridades en los primeros 365 días, incluyendo la economía, o si sacará la reforma migratoria de sus proyectos para el primer año.
Y es ahí donde los hispanos debemos presionar. Barack Obama quería el voto de los latinos, él prometió una reforma migratoria en el primer año, y la mayoría de los hispanos (67%) votaron por él. Los latinos ya cumplieron. Ahora le toca cumplir a Obama. El Nuevo Herald - Martes 11 de noviembre del 2008
Por Andrés Reynaldo
Barack Hussein Obama (para mí, en particular, el Hussein le da un toque cosmopolita) no pretende ser un salvador. Pero la suya es una coyuntura de salvación. Le hubiera tocado igual al derrotado candidato republicano John McCain. Pero no le tocó. La mayoría de los norteamericanos eligió a Obama como el 44to. presidente de Estados Unidos. El primer mandatario negro de una importante nación occidental en toda la historia.
Es difícil apreciar en este momento la importancia cultural y social de esta elección. La genética ha demostrado que nadie es tan blanco ni tan negro como parece. Aun así, siendo menos blanco de lo que parezco, no me atrevo a presumir que entiendo lo que esto significa para la población negra de este país. Toda aproximación es académica y, a la larga, insuficiente. Cuando yo andaba orgulloso de la mano de mi abuelo por las calles de La Habana, los negros de mi generación todavía tenían que sentarse con el suyo en la parte de atrás de un ómnibus en muchas ciudades norteamericanas del centro y el sur, incluido Miami. A través de todo el proceso electoral se podía sentir la respiración contenida de millones de negros en un contradictorio rictus de escéptica esperanza. La raza no era un tema de campaña. Pero todo el mundo sabía que un triunfo de Obama tendría una trascendencia racial a escala planetaria. Desde las calles de Conakry hasta los suburbios de Londres.
Para Estados Unidos, en particular, implica una profunda transformación sociológica. El ascenso a la presidencia de un negro de modestos orígenes, con un título de Harvard, sin vínculos con el establishment y crítico del sistema de cuotas étnicas, reanima los valores de movilidad social e igualdad de oportunidades de la mejor tradición norteamericana, a la vez que presenta un inspirador modelo de reafirmación de la identidad afroamericana. Yes, we can, el lema de la campaña de Obama, invitaba al votante blanco a sumarse a una imprescindible cruzada de renovación política. Los negros, además, escuchaban el llamado de una reparación centenaria.
''Como afroamericana, estoy especialmente orgullosa'', dijo la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, con los ojos anegados de lágrimas. ``Este país ha consumado un largo viaje, en lo que respecta a sobreponerse a sus heridas y hacer que la raza no se tenga en cuenta. Todavía queda mucho por hacer, pero ayer [4 de noviembre] fue un extraordinario paso adelante''.
Pragmático, cauteloso, en ocasiones demasiado conceptual, Obama tiene una titánica tarea por delante. Dividido en el interior, odiado en el exterior, el país trata de marchar con el lastre de la mayor crisis económica en un siglo. La guerra de Irak cuesta $10,000 millones mensuales. La de Afganistán, ganada de manera fulminante en octubre del 2001, se ha agravado en insospechadas vertientes: el Talibán ha resurgido de sus cenizas como una feroz fuerza de combate y la producción de heroína cubre más del 90 por ciento de la demanda internacional, bajo la protección mancomunada de funcionarios gubernamentales, líderes tribales y terroristas. Las recetas para construir democracias del ex secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, han parido un narcoestado.
En su momento, cada una de las naciones europeas que alcanzaron un poder imperial se sintieron excepcionales. A Estados Unidos le ha llegado la hora de contemplar su excepcionalidad a la luz de sus defectos, sus limitaciones y (ninguna gran nación está exenta de ellos) sus horrores. No hay madurez sin introspección. Bush y su cohorte chovinista, retardataria y simplificadora tal vez haya sido la última y devastadora expresión de una mentalidad norteamericana que no tiene cabida en el siglo XXI. Una globalización fructífera impone igualmente una nueva ética mundial. La experiencia de Europa convence de que la verdadera y perdurable excepcionalidad reside en la cultura, en la contribución a un marco de principios universales y, tanto más, en la capacidad de los gobiernos para velar por los derechos, la dignidad, la superación y el bienestar de todos sus ciudadanos, funciones todas compatibles con el libre desarrollo del mercado.
El amplio espectro de voluntades que Obama ha captado y, sobre todo, su ascendiente entre los jóvenes de todas las extracciones sociales, razas, procedencias y credos, lo lleva a encarnar el espíritu de este tiempo. No se trata de una revolución, sino de una enorme dosis de sentido común, compasión y curiosidad intelectual. Aquí nadie ha hablado de socialismo. El sentido común es un imperativo cósmico, la compasión es un deber cristiano y la curiosidad (del latín curiositas, que también equivale a diligencia) es una de las características motoras de nuestra civilización.
Obama tendrá, a lo sumo, ocho años para ascender a la altura de su promesa. Ya veremos si es capaz de impulsar un cambio que parece imposible. Pero, hoy, a 6 de noviembre del 2008, cabe soñar, al menos, con lo posible.
El Nuevo Herald - Viernes 07 de noviembre del 2008
Por Ariel Segal
Estados Unidos, como toda superpotencia, ha cometido excesos, trágicos errores e incluso, acciones criminales y sin embargo -como afirma el filósofo francés Bernard-Henri Lévy- “los norteamericanos han sido a lo largo de su historia, infinitamente menos colonizadores que los ingleses, los franceses, los belgas, los holandeses, o desde luego, los rusos”.
Reconocidos los defectos de los EEUU, la elección de un hombre de color para la presidencia de ese país, es propicia para conocer que esta confederación de estados nació con una institucionalidad que sigue intacta, gracias a la sapiencia de sus fundadores que nunca ambicionaron revoluciones, sino, reformas basadas en debates y consensos.
Esta es la esencia del modelo político norteamericano y la identidad del país que no se basa en un noción geográfica, ni en un pasado común y mucho menos en la religión sino, en una “idea de querer ser” que ellos denominan el “American Dream” y que trata de aspirar a sueños de igualdad, de oportunidades, de tolerancia, sin distinciones de ningún tipo.
El triunfo de Barack Obama es quizá el más emblemático de los muchos ejemplos que demuestran como la sociedad norteamericana, lentamente, impone lo que su constitución manifiesta como “ese ideal siempre perfectible”, pero nunca totalmente factible, porque sino, dejaría de ser un ideal.
El acceso de un afroamericano al puesto de mayor poder de los EEUU se inicia con la proclama de emancipación de esclavos por parte de Lincoln, lo cual condujo a la única guerra civil de su historia, que culmino con el triunfo de los estados progresistas sobre los racistas. Sin embargo, este fue solo el comienzo de un largo y doloroso proceso de evolución pleno en sucesos que en su momento parecieron anecdóticos, pero en conjunto se transformaron en una ola de cambio que traerían a la palestra pública a hombres como Martin Luther King y muchos anónimos protagonistas del Movimiento por los Derechos Civiles de EEUU. Un ejemplo lo dio John McCain al señalar la dimensión histórica de la victoria de su rival, recordando un episodio de 1901 cuando el presidente Roosevelt invitó a cenar al educador y portavoz de la minoría negra sureña, Broker T. Washington en lo que fue un escándalo para casi toda la elite política de la época, que no toleraba que un negro pisara la entonces blanquísima Casa Blanca.
Así, Obama llega al poder por medio de los que los norteamericanos conocen como el progresismo, que desde comienzos del siglo 20 se manifestó en forma de movimientos de reforma por los derechos del voto a la mujer; reforma del sistema económico que creó a la Reserva Federal en 1913 (¡transformando al país en un capitalismo con regulación estatal!), así como la reforma de sindicatos y gremios de campesinos (con el destacado liderazgo del hispano César Chávez) De esto se trata los EEUU: de lo que viene desde el poder, pero más, de lo que viene de su sociedad, como todo lo que se desató un día de 1955, cuando una mujer negra, Rosa Parks, se negó a ceder su asiento del autobús a un hombre blanco; de los miles de hippies irreverentes que sacudieron la conciencia de su nación contra la guerra de Vietnam; de sus medios de comunicación revelando el escándalo de Watergate y causando la caída de un presidente.
El triunfo de Obama está en estos precedentes, y también en el de los primeros afroamericanos que enfrentaron los prejuicios raciales – cada uno en su entorno - como Jacky Robinson en el baseball, Jesse Owens en el atletismo, Sydney Portier en Hollywood – abriendo sus puertas a actores negros tras recibir un Oscar en 1962 - y a tantos artistas, músicos, y más tarde, profesionales, hasta llegar a que se volviese familiar ver en los corredores del poder a gente como Jesse Jackson, Collin Powell y Condoleezza Rice.
Barack Obama simboliza en toda su plenitud a todos estos pioneros de su raza y de cualquier otro grupo étnico y religioso, logrando el sueño de M. L. King cuando llegue el día en que “todos los hijos de Dios, hombre negro y hombre blanco, Judíos y Cristianos, Protestantes y Católicos, podemos unir nuestras manos.” Con todos sus defectos, el modelo estadounidense demuestra que no hace falta guillotinas, ni revoluciones que se traguen a sus hijos, ni dictaduras, ni ejecuciones sumarias, ni confrontaciones étnicas, para crear una sociedad que este por encima de muchos de sus dirigentes de turno.
Venezuela Analítica - Caracas, martes 11 de noviembre de 2008
Por Moisés Naím
A pesar de que Biden dijo esto en medio del fragor de la campaña electoral, su pronóstico no es una exageración retórica. Tiene razón. Es muy probable que Obama confronte una inesperada emergencia internacional poco tiempo después de asumir la presidencia. Y no necesariamente por que los enemigos de Estados Unidos la estén cocinando, lo cual es posible, sino por que el mundo está saturado de fricciones capaces de generar la chispa que prenda un peligroso incendio. Además, en el mundo de hoy hay mucha paja seca altamente combustible.
La lista de retos internacionales que hereda Obama es larga y conocida: de la proliferación nuclear a la inestabilidad de Pakistán y de las guerras en Irak y Afganistán a los gruñidos de Rusia o las tragedias del Oriente Próximo. Una lista aún más preocupante es la de las amenazas que no están en la lista de nadie. Bill Clinton nunca imaginó que al comienzo de su presidencia tendría que sacar con rapidez de Somalia a sus marines derrotados por turbas armadas. George W. Bush tampoco imaginó que su primer gran reto como presidente serían los ataques del 11 de setiembre. A John F. Kennedy le tocó la crisis de Cuba y la posibilidad de un holocausto nuclear. ¿Que le tocará a Barack Obama?
La crisis económica mundial aumenta la lista de peligros que aún no vemos. La precariedad política de muchos países se va a ver exacerbada por las dificultades económicas. El norte de África o algunos países de Asia son calderos sociales y políticos que la crisis puede avivar hasta llevarlos al punto de ebullición. Algunos de ellos, como Egipto por ejemplo, son naciones cuya inestabilidad tendría consecuencias mundiales. En otros países, las dificultades económicas pueden estimular a sus gobernantes a provocar distracciones internacionales.
Uno de estos puede ser Rusia. Su economía, una de las más afectadas, ha sufrido mayores daños, proporcionalmente, que la economía estadounidense. Sin embargo, el más reciente discurso del presidente Dmitri Medvédev no se centró tanto en la economía como en los misiles. Le advirtió a Estados Unidos de que si no desiste de instalar un escudo antimisiles en Europa, Rusia responderá con medidas militares que ampliarán su capacidad ofensiva en Kaliningrado. Una Rusia económicamente tambaleante regida por una élite política autoritaria que ha demostrado estar dispuesta a todo puede darle muchas sorpresas a Obama.
Otro gigante que lo puede sorprender es China. En su caso, las amenazas no se irradian de su fortaleza, sino de su debilidad. Ya en marzo el premier chino, Wen Jiabao, dijo que para la economía China "este año sería el más difícil que la mente humana pueda recordar". Muchos pensaron que exageraba. Ya no. Cada año China necesita crear 24 millones de nuevos empleos. Esto sin contar los empleos adicionales para los 14 millones de agricultores que cada año dejan sus campos para ir buscar trabajo en las ciudades. Hasta ahora esto ha sido posible ya que la economía china lleva años creciendo aceleradamente gracias al constante aumento de sus exportaciones. Ahora el mundo está dejando de comprar y China dejando de exportar. Las exportaciones chinas a Estados Unidos, que crecían anualmente al 20%, se han estancado. Así, este año la economía china en vez de crecer al 12% como lo hizo en 2007 crecerá al 9%.
Esta tasa de crecimiento, que para muchos países es envidiable, resulta problemática para China. Si su crecimiento se desacelera aún más, China puede entrar en una grave crisis social y política. Además de la bajada en las exportaciones, China también sufre el colapso en su bolsa de valores, que ha caído en un 60% en lo que va del año. Y, al igual que en otros países, su burbuja inmobiliaria explotó, dejando a los trabajadores de la construcción sin ingresos, a los propietarios de viviendas más empobrecidos y a los bancos con inmensas cuentas incobrables. China tiene enormes reservas internacionales y una situación fiscal mejor que la de otros países. También, tiene un equipo económico competente y un Gobierno autoritario que no necesita consultar mucho para tomar decisiones difíciles. Pero una crisis china no es descartable y sus consecuencias mundiales serían enormes. Ojalá que no sea ésta una de las sorpresas que esperan a Obama.
Venezuela Analítica - Caracas, lunes 10 de noviembre de 2008
Por Rafael Arráiz Lucca
Si alguien temía por la salud de la democracia norteamericana acaba de salir de dudas. Los electores estadounidenses eligieron a un afrodescendiente, cuando cuarenta años antes los nietos de los negros esclavos, que fueron factores fundamentales en la construcción de la nación, sufrían una discriminación lacerante. En apenas cuatro décadas, los morenos pasaron de no poder montarse en los autobuses a estudiar en Harvard y alcanzar la Presidencia de la República. Si esto no es democracia, ustedes me dirán de qué otro tipo de milagro se trata. Se restaura el "Sueño Americano": no importa la cuna en que nazcas, si estudias y trabajas fuerte, llegas a donde quieras.
Me adelanto a aclarar que Obama no alcanza la cima del poder político por ser negro, sino por sus virtudes personales, su inteligencia, su voluntad de trabajo, la coherencia de su discurso. Cuidado con confundirnos: no se trata de una legión de necios eligiendo a otro por el color de su piel, sino por lo que significa como punta de lanza de un cambio en Estados Unidos.
El 13 de julio de este año publiqué en este mismo espacio una reseña del libro del candidato demócrata, "La Audacia de la Esperanza", entonces advertí que esta bandera lo llevaría a la Presidencia. Algunos de mis lectores me escribieron o me dijeron que erraba, que en Estados Unidos no podía ganar la Presidencia un negro. Qué equivocados estaban, y qué subestimación del pueblo norteamericano. Pensaban que pesaría más el color del candidato que su proyecto político. Quedó demostrado que la política no es sólo una infatuación mágica de los sentidos, fundada exclusivamente en las emociones, sino que también cuenta lo que se dice y ofrece.
La mayoría, por no decir la totalidad de las personas que me comentaron el artículo, jamás habían leído algo escrito por Obama, de modo que la percepción que tenían de él estaba intermediada por alguien: los medios, las opiniones interesadas, un cúmulo de prejuicios que repetían como loros. Esto, que lamentablemente es el pan nuestro de cada día, me confirma una vez más que la mejor manera de saber quién es alguien y qué piensa es leer lo que escribe. Esto, la mayoría no lo hace, y la imagen que se hacen de los hombres públicos puede llegar a ser un amasijo de medias verdades, prejuicios y simplificaciones.
Le dije a centenares de personas en 1998 que leyeran el libro de entrevistas que Agustín Blanco Muñoz sostuvo con Chávez, "Habla el Comandante", para que supieran quién era el personaje, cómo estaba dominado por reducciones infantiles de la realidad, cómo lo poblaba una ignorancia camuflajeada por la arrogancia, y hacia cuál barranco nos conduciría. No me equivoqué porque leí claramente lo que decía. Pocos lo hicieron: después no han hecho sino llorar por su falta, mientras quieren que les solucionen el problema cuanto antes.
El hombre que escribe "La Audacia de la Esperanza" es inteligente, sensato, con una cabeza bien organizada, bien formado, con una voluntad respaldada por la buena ventura. ¿Será el puente entre un Estados Unidos y otro? Llega en el momento preciso para serlo y tiene las condiciones, pero no podemos saber si lo logrará. Dependerá mucho de la manera como se comunique con la gente y, además, que sepa interpretar correctamente el trabajo que los electores le han encargado. Por otra parte, siempre habrá un bache entre las expectativas de la gente y lo que Obama pueda lograr. Si alguien cree que implementará políticas socialistas se equivoca, corregirá rumbos, le asignará un mayor papel al Estado, pero no se saldrá de los parámetros de la democracia liberal. Así lo ha dicho.
El Nacional - Caracas, domingo 09/11/2008
Por Ricardo Trotti
La victoria impresionante de Barack Obama este 4 de noviembre es histórica en muchos sentidos, no solo porque ganó en Estados Unidos sino en el mundo entero. Rompió paradigmas y estereotipos. Impuso récords y superó pronósticos.
El senador por Illinois ha merecido adhesiones de gobernantes con ideologías desde la A hasta la Z, y ha cosechado simpatías de las masas que lo vitorearon y celebraron en la Kenia de su abuela paterna, y en pueblitos de China, como de Japón, Líbano, Brasil o México.
No hubo portada de diario ni editorial, ni sitio de internet, ni cadena de televisión en cada continente que se haya resistido a la obamanía. En gran medida, la buena imagen creada sobre el Presidente electo, ha servido para profundizar y castigar la percepción negativa y decadente de George Bush.
Obama se ha transformado en una marca. La fuerza de sus palabras lo ha convertido en un natural encantador de masas. La proyección de una personalidad equilibrada, sobria e inteligente y el apoyo de un aparato propagandístico soberbio, lo transformaron en un icono casi a la altura de lo que representan Juan Pablo II o Lady Di, aunque con la particularidad sorprendente de que aún no hizo mucho en su corta carrera, que sólo ganó procesos electorales, y a que le restan tres meses para su primera orden ejecutiva.
La potencia y atracción que genera la imagen de Obama en el mundo no es por lo que hizo o creó, sino por la expectativa de lo que hará. En el exterior, su elección despierta la esperanza de que Estados Unidos reformará su liderazgo, borrando estos años en que se tejieron dos guerras y una crisis financiera con devastador efecto dominó. En lo interno, la expectación es restablecer el crédito, crear empleos, evitar que la recesión sea profunda y fortalecer la seguridad ante el terrorismo.
No se puede negar la inteligencia de Obama y la de su equipo para crear su aureola. Fue exitoso en desafiar al "establishment" de Washington y alimentó su campaña con promesas tangibles. Pero su virtud mayor fue la forma de hacer política, modificándola totalmente en el proceso. Si bien se benefició del apoyo de la prensa tradicional, utilizó con éxito las nuevas tecnologías encandilando a jóvenes que lo vieron por YouTube, lo leyeron en sus celulares con mensajes de texto, lo chatearon en Facebook y lo inundaron de donaciones de entre 5 y 10 dólares cada una, con lo que desplegó la campaña política más costosa y efectiva de la era moderna, permitiéndole derribar rivales de talla como Hillary Clinton y John McCain.
Más allá de la creación de la imagen, gracias a su natural condición étnica -no por los hechos, ya que lo había desafiado Jesse Jackson por su indiferencia a enarbolar los principios del movimiento de los derechos civiles de la década de los 60 y fue manchado por el racista pastor Jeremiah Wright- Obama encarna la esperanza para morigerar el racismo y la discriminación de las minorías, dando así continuidad a las luchas que eternizaron Martin Luther King, Malcolm X, Rosa Parks y el mismo Jackson, personajes a los que incluso ya sobrepasó en notoriedad y popularidad.
Los desafíos para Obama son grandes y no sólo están basados en la realidad de una crisis económica e internacional apremiante. No se podrá dar el lujo que tuvieron otros presidentes electos de tener una transición parsimoniosa. La reacción de los mercados de estos primeros días demuestra que aunque las imágenes pueden ser positivas y reflejar optimismo, todo se mueve de acuerdo a las percepciones y, en este caso, a la perspectiva de cambio, principal lema de su campaña. En una época perturbadoramente acelerada, se pretenden cambios repentinos.
Obama lleva un lastre muy pesado, porque más allá de la realidad que tiene que enfrentar, su imagen se ha sobredimensionado casi hasta una idolatría mesiánica e irreal. Como cualquier producto del marketing, el éxito y la lealtad a la marca dependerán de cómo podrá satisfacer las expectativas creadas.
Lo importante, sin embargo, es que la obamanía mundial representa un voto de confianza para él y para el país, y existe la esperanza de que el cambio se proyecte más allá de las fronteras.
El Universal - Caracas, domingo 09/11/2008
Por Gustavo Linares Benzo
Después de cincuenta años durante los cuales, según la Intelligentsia europea, Estados Unidos fue la sociedad más cruel, desigual y desalmada de la tierra, los gringos eligen un negro como Presidente. Los intelectuales de Bistró, a la cabeza Ignacio Ramonet, tendrían que disculparse con la sociedad norteamericana, cosa que no harán como no lo hicieron a la caída del muro de Berlín. Pero después de tanta tinta presentando Europa al mundo como el paradigma de la igualdad y la sociedad acogedora, todos los mandatarios europeos son catiritos ojos azules y al menos en el futuro cercano se ve imposible que un descendiente de marroquíes, por ejemplo, sea Presidente de Francia o del Gobierno español. Maravilloso un presidente negro, pero allá lejos.
Hablando en positivo, la sorprendente capacidad de renovación de los norteamericanos vuelve por sus fueros. No sólo se trata de un representante de la raza más oprimida como el más poderoso líder del mundo, sino de que esa raza no llega ni al 20% de la población estadounidense. Obama no ganó con el voto negro, sino con el voto demócrata. La proporción del voto blanco, negro y de las otras minorías favorable a Obama fue casi idéntico a la de las elecciones de Bill Clinton.
La victoria de Obama es la coronación de un esfuerzo cultural de muy larga data, esfuerzo que comenzó siendo una guerra contra la opinión del pueblo, al menos de las grandes mayorías. Tan reciente como 1950, en EEUU no sólo discriminaban profundamente a los afroamericanos, sino que ese racismo era el sentimiento normal de la inmensa mayoría. Contra el sentir popular, la Corte Suprema comenzó a desterrar la desigualdad con la famosa sentencia Brown, que obligaba a mezclar racialmente las escuelas. Ahora el racismo es feo, pero hasta hace muy poco no era así. EEUU demuestran que es posible cambiar el ideario público, tarea imprescindible y urgente en Venezuela.
A estas alturas ya mucho se ha dicho sobre las consecuencias del presidente Obama para Venezuela. Sus menciones del país durante la campaña fueron apocalípticas: pretende hacernos superfluos como proveedores de petróleo, lo que significa el fin de la Venezuela como es hoy en día. Gracias a Dios, no es tarea fácil, quizás ni siquiera posible. Pero se trata de una guerra avisada.
Hoy es momento de reconocer la sanidad de la democracia norteamericana y reírse de sus críticos automáticos.
Por Manuel Caballero
El título de estas notas es el primero que se me ocurre (como a todo el mundo) para comentar el resultado de la elección presidencial en EEUU; pero es igualmente falso. Porque Barack Obama no es ahora Presidente por ser negro; y ni siquiera pese a serlo. Barack Hussein Obama es Presidente por ser inteligente. Políticamente inteligente. Serlo, dice el diccionario, es tener capacidad para entender. Barack Obama entendió, y logró hacer entender a los demás, que EEUU había cambiado; y que como todos los cambios reales, estos los había impulsado lo que Richard Nixon llamó "la mayoría silenciosa". Pero sobre todo, que ella había cambiado de campo: ya no era una rémora conservadora, sino el impulsor de los cambios. Si Obama hubiese tomado el color de su piel como bandera, habría cometido un doble error: el primero, condenarse a ser minoría hasta que los vientres de las negras diesen a su pueblo la capacidad de ser mayoría.
El discurso enemigo. Y aún así. Porque esa mayoría no pasaría de ser numérica, pero poco más. Porque, y ese hubiera sido el segundo grave error de Obama, presentarse como el "candidato negro" hubiese sido aceptar el discurso enemigo, el discurso racista: los negros son "otra cosa".
Ha transcurrido cosa de medio siglo desde aquel día de diciembre de 1955 cuando Rosa Parks, una negra de 42 años, se negó a ceder su asiento a un blanco (como una ley del Sur le obligaba), desatando, con un boicot de 180 días de los transportes públicos, la lucha por los derechos civiles que dirigió un joven pastor de 26 años, el Reverendo Martin Luther King, jr.
En política, suele suceder que sea la curva la línea más corta entre dos puntos. En lugar de ceder a la tentación de victimizarse, de lloriquear y de clamar venganza, Barack Obama decidió rodear el monolítico obstáculo del racismo. Y la más eficaz manera de hacerlo, es mostrar la faz de un hombre maduro que desafía al futuro, al revés del cuarentón que rumia sus fracasos, culpando a su infancia de su incapacidad presente.
Dos preguntas. Cuando aparece en la escena política de un país (y mucho más si es el más poderoso del mundo y de la historia) surgen de inmediato dos preguntas: ¿Quién es en realidad ese señor? ¿Se puede confiar en sus promesas?
Ninguna de las dos preguntas puede ser respondida en abstracto, y mucho menos apelando a criterios morales, a juicios de valor. Barack Obama no es un gran líder político: eso no lo haría diferente de un Ronald Reagan o de un Bill Clinton. Obama es un líder histórico, y eso es posible comprenderlo sin esperar a lo que un tonto lugar común historiográfico llamaría "el juicio de la Historia": Obama es ya un líder histórico, porque ha cumplido una parte sustancial de su obra, y aún si el azar o la locura asesina de los racistas cortase hoy mismo su vida, como se dice, "nadie le quitaría lo bailao": su sola presencia triunfadora en esta contienda le da ya su estatura de líder histórico: después de su paso, después de este paso, ya EEUU no es ni será el mismo.
Un palo de hombre. (Dicho sea entre paréntesis, en medio de su campaña se descubrió un horrendo complot para asesinarlo a él "y a cien negros más". ¿Alguien le escuchó lloriconear sobre un magnicidio? No: eso es lo que nuestros abuelos machistas hubieran llamado "un palo de hombre").
Vayamos a la segunda respuesta: ¿se puede esperar de él que cumpla sus promesas? Hay que comenzar por aclarar cuáles fueron esas promesas. Barack Obama no prometió ninguna revolución, ni mucho menos freír en aceite las cabezas de sus enemigos. Con su sola presencia en la Casa Blanca, ya se ha cumplido una revolución. Se dice que en su despacho tiene los retratos de Abraham Lincoln, Martin Luther King y John Kennedy. Aún tomando en cuenta el trágico destino de este último, su mensaje común es el rechazo de la división, es el mensaje de la inclusión y la reconciliación: para Lincoln, lo fundamental era conservar la unión; King no quería un reino negro: su sueño era una sociedad multirracial; Kennedy hizo historia tan solo por ser el primer católico que llegaba a la Casa Blanca en un país ferozmente "antipapista".
Tres influencias son cuatro. Si esas tres confesas influencias no bastaran, la sola experiencia de su campaña sería suficiente para dictarle a Obama su primera prioridad. Si se fuera a seguir por el conteo simple de los votos populares, su conclusión sería que EEUU está partido por la exacta mitad, entre las minorías raciales, sociales y religiosas, y la orgullosa e intolerante sociedad WASP (blanca, anglosajona y protestante).
Pero eso sería hacer caso omiso de una realidad deslumbrante: los WASP son el ochenta por ciento de los electores, y por lo tanto, fueron sus votos los que le dieron la victoria a Obama. En tales condiciones, su primera prioridad no es la economía, ni la independencia energética, ni la educación para todos, ni la salud, ni el desarrollo tecnológico: su primera prioridad es consolidar esa unión que lo llevó a la victoria. En África tiene el ejemplo de cómo se puede ratificar un liderazgo histórico o echarlo al basurero de la historia: dos contemporáneos Padres de la Patria derivaron hacia el gigante Nelson Mandela y hacia el enano Robert Mugabe.
En su caso, no puede olvidar que ni siquiera quienes votaron por su contendor eran todos unos asquerosos trogloditas: el noble discurso de McCain aceptando su derrota, imponiéndose a una parte de su público que clamaba odio y venganza, así lo demuestra.
Por Domingo Fontiveros
Obama va a recibir un país hipotecado. La deuda del gobierno aumentará por lo menos en $1,5 billones en poco más de un año, mientras el déficit fiscal de 2008 se ubicó en $455 millardos, y el del año próximo puede superar los $700 millardos. La filosofía republicana descansó siempre en la noción de reducir la brecha financiera del gobierno por la vía de más crecimiento de la economía. La visión demócrata pone el énfasis en impuestos redistributivos para lograr este objetivo. Los republicanos, desde Reagan, han creado déficit fiscales predicando lo contrario; los demócratas con Clinton generaron superávit mientras su tradición era la contraria. ¿Por dónde avanzará el nuevo presidente americano?
Conocer la respuesta a esta pregunta es crucial para anticipar el curso de la economía mundial en 2009. Las tendencias actuales y las proyecciones apuntan hacia una recesión en los principales países industrializados. Que ello ocurra simultáneamente en estas economías involucra riesgos considerables de estancamiento para el resto del mundo. Una recesión planetaria sería catastrófica para los exportadores de materias primas, desde el petróleo hasta el trigo. Para Venezuela ello implicaría un precio de exportación para crudo y productos por debajo del mínimo nivel de seguridad de $50/b. Otros de OPEP están en mejores condiciones de afrontar el colapso de liquidez interna que ello acarrearía.
Obama ha adelantado ofertas sociales de alto costo fiscal, que puede incumplir en las primeras fases de su gobierno por los desequilibrios existentes. Esta posibilidad no está totalmente clara, sin embargo, porque los compromisos de su campaña apuntan en otra dirección. Prevenir una recesión prolongada obligaría a fuertes estímulos fiscales que en su doble "standard" son apoyados ahora por el FMI, tanto para EEUU como para Europa. Vocación y realidades parecen estar juntas para llevar a la nueva administración norteña a ejecutar un plan expansivo de gasto público, ya que parece poco lo que la política monetaria pueda lograr en adición a lo alcanzado cuando las tasas de interés clave del sistema están en nuevos mínimos.
Si los demócratas se van por este último camino, sería afortunado para los países exportadores al mundo industrial, desde China hasta Venezuela. La inflación mundial será en este caso más elevada, pero el crecimiento podrá continuar en el futuro previsible y se protegerá el nivel de empleo. Los planes antiinflacionarios vendrán después, no obstante.
Tan o más importante que la coyuntura es la solución del enorme desequilibrio creado por el encarecimiento anterior del petróleo y la permanente subvaluación del yuan chino, aparte del precario desempeño americano en sus cuentas monetarias. Si estas circunstancias se pierden de vista, la economía americana puede quedar condenada a una nueva crisis más adelante.
Es temprano todavía para cerrar posibilidades. Quizá lo más urgente ha sido atendido para frenar el efecto dominó en las mayores economías.
América Latina, África y algunas regiones de Asia y Europa están quedando, sin embargo, fuera de los arreglos logrados hasta el momento.
Veremos si Obama toma iniciativas políticas en este aspecto, o concentrará sus esfuerzos en retribuir a sus propios votantes. ¿Será la persona correcta para el momento? Esperemos que sí.
Por Carlos Blanco
Es imposible escapar de la Obamanía. Se ha dicho mucho sobre este hombre, lo cual es ínfimo con respecto a lo que se dirá. Cada cual descubrirá un ángulo, asomará un algo peculiar, y después de tantos hallazgos e inventos, el hombre de carne y hueso, Barack Obama quedará recubierto de la imagen que el mundo se habrá construido de él. Poco permanecerá de aquel exitoso senador, de grata sonrisa y aguzado ingenio, que se atrevió a desafiar lo previsible. Obama ha entrado, veloz, al mundo de los mitos. Como todos los mitos ya hay quienes quieren hacerlo decir lo que no ha dicho, y significar lo que todavía no se sabe. A pesar de todas las prevenciones hay pistas.
No Importa Lo Que Hará. Antes que haga nada en la Presidencia de EEUU, Obama representa un cambio gigantesco. Él es el cambio; después se verá si hace que las cosas cambien; pero él ya es un cambio. Reunió casi 70% de los nuevos votantes, así como la mayor parte de los latinos, de los negros y de los católicos. Allí ha cristalizado una voluntad que puede o no lograr lo prometido, pero que ha condensado una fuerza que buscaba dirección. Así como ha sido posible durante estos años recientes encontrarse a ciudadanos de los EEUU abochornados por su Presidente, hoy es asombroso el orgullo que los posee. Pasar de la abominación al orgullo no es fácil.
Obama es una apuesta riesgosa para su país y para sí mismo. La voluntad de cambio que encarna es tan grande que el riesgo es mayúsculo. Si se llega a percibir que lo que hace es más de lo mismo, se acabará el encanto y el agraciado príncipe hawaiano puede convertirse en un feo ratón orejudo. Hay algunos indicadores vivificantes, el fundamental de los cuales es que mantuvo una línea en su campaña, consistente, lo cual puede augurar compromiso firme con su propuesta transformadora. Si hace rápido algo de lo que ha ofrecido o si muestra que toma los pasos adecuados en la dirección de sus promesas, un país orgulloso lo acompañará. El tiempo de Obama es mucho más reducido que el de los demás mortales. Ahora se le juzgará cuando se vea cómo enfrenta los problemas que Bush ha tenido. Por cierto, entonces también se juzgará a Bush. Estos días, un comandante militar destacado en Irak descorazonó a algunos de los soldados a su mando cuando les desmontó el sueño que tenían de volver a su casa este diciembre, para celebrar las Navidades. Pensaban que, de ganar Obama, así ocurriría. La esperanza cobra rápido sus deudas.
América Latina. La región no fue importante en la campaña electoral, aunque Obama ha manifestado su disposición a reunirse con amigos y enemigos. En el caso latinoamericano eso significa, concretamente, que estaría dispuesto a reunirse con Chávez, Correa, Morales y Ortega; es decir, con aquéllos con los cuales Bush no se reunió.
Sin embargo, no resulta útil pensar que un presidente serio se va a congregar sin trabajo previo, sin agenda definida y sin aspectos formales muy bien establecidos. Esa idea de que Obama se va a reunir con unos fulanos para que lo regañen es combinar desparpajo con ignorancia. Él sabe que Lula no es Chávez, que Tabaré no es Morales, que Lugo no es Ortega, que Kirchner no es Correa.
Si el nuevo presidente de EEUU es audaz, suspenderá el embargo a Cuba, eliminará Guantánamo como centro de reclusión y tal vez inicie los trámites para su devolución. Establecerá relaciones cordiales con América Latina, lo cual comenzará con un lenguaje deferente y amistoso. Tendrá que domesticar la tentación proteccionista, para abrirse a la posibilidad de un tratado realista de libre comercio para las Américas. No tratará de construir las políticas de seguridad sobre sistemas migratorios odiosos y discriminadores. Entenderá el problema de las drogas prohibidas como un mercado de dos puntas, oferta y demanda, que deberá ser tomado en conjunto. En fin, insistirá en la promesa de amistad a América Latina, la misma que se le fugó a Bush después de los ataques terroristas de 2001. Pero, ¿tendrá la audacia de ocuparse de una región que su predecesor ha considerado poco importante? ¿América Latina existirá para Obama? Las guerras de Afganistán e Irak, junto al desastre financiero y económico de EEUU y el mundo, auguran poca atención. A pesar de esto, ¿se atreverá?
Chávez y Obama. Chávez, en forma prudente, cambió el discurso según el cual McCain y Obama eran lo mismo al mostrarse, ahora, proclive a entenderse con el nuevo Presidente. Esto podría significar leve signo de cordura. Sin embargo, en su naturaleza no está insinuar una mejoría en las relaciones sin meter la pata hasta el fondo.
Chávez afirmó que los vientos de cambio que se habían iniciado en Suramérica estaban llegando al Norte; con lo cual estaba intentando proclamar, con la mano boba suelta, que él, Chávez, en algún modo era el promotor del cambio que ahora llegaba a EEUU. Idea enloquecida y ridícula, que sería como decir que la razón del movimiento de los planetas es que el caudillo venezolano baila joropo, y como aquéllos y éste se mueven, entonces el uno es la causa del otro.
Hay un cambio global en marcha; las sociedades tradicionales están saltando en pedazos. Algunos de esos cambios son realmente progresistas y otros son reediciones de viejos episodios militaristas y autoritarios. En todas partes hay cambios, pero no todos tienen el mismo sentido.
La falta de prudencia ha conducido a Chávez a anunciar una reunión la cual es de dudar que Obama haya, siquiera, considerado. Le puede ocurrir como ya le aconteció cuando pregonaba a los cuatro vientos que le había dicho a Bush "I want to be your friend" y que -según él- Bush le había contestado "I want to be your friend too". El resultado fue que el presidente de EEUU se reunió con María Corina Machado y dejó con los crespos hechos al audaz barinés.
Ojalá el nuevo presidente de EEUU se reúna con el de acá porque para ese encuentro las diplomacias de ambos países tendrán que subir un corozo sin pañales. ¿Se habrá enterado el de acá que Obama se ha planteado eliminar/disminuir la dependencia de su país del petróleo importado? ¿Comprenderá que esto es un propósito que puede ser un destino para Venezuela?
El Peor Error. Sería pensar que en EEUU un presidente es omnipotente, como pretende acá el caudillo criollo. Es útil que alguien le recuerde a Chávez que Washington sigue en el mismo sitio, que allí hay instituciones poderosas que nadie se las puede pasar fácilmente por el arco de triunfo. Que sí, que hay un poder presidencial gigantesco, pero que las instituciones constriñen y condicionan. Para bien o para mal, a EEUU le será más fácil entenderse con la familia Castro en Cuba, altamente predecible en sus conductas, que con las loqueteras de quien acaba de expulsar al embajador norteamericano del país que regenta.
Por cierto, presidente Chávez, ¿los gringos siguen siendo, como dijo, "gringos de mierda" o ya se dejaron de eso?
Columna Tiempo de Palabra, El Universal - Caracas, domingo 09/11/2008
By Andrés Oppenheimer
Congratulations, President-elect Barack Obama! Now that you are moving swiftly to put together your Cabinet and solve the economic crisis, let me suggest a few things you could do in an area that will demand your attention sooner than you may think: Latin America and the Caribbean.
Granted, given the magnitude of the challenges at home, it's not on your list of priorities.
But one of the first international conferences you will have to attend will be the 34-country Summit of the Americas, to be held April 17 to 19 in Trinidad and Tobago. You will have little choice but to prepare ahead for that meeting and arrive with a new U.S. agenda for the region.
And I know that the Western Hemisphere has never been your strong point. As you once told me, you have never visited the region. And when I asked you in an interview last year which are the three Latin American heads of state you respect the most, you looked petrified and couldn't remember any president's name. (To be fair, you cited several regional leaders by name when I interviewed you more recently.)
So allow me to give you a few tips on how to fulfill your campaign promise of ``renewing U.S. leadership in the Americas.''
First, be yourself. Don't don a Mexican sombrero, like your predecessors. You have a tremendous opportunity to re-engage the region just by being the first black president in U.S. history, by having been partly raised abroad and -- perhaps more importantly -- by having opposed the Iraq War from Day One.
As strange as it may seem to you, Latin America ranks among the regions with the highest levels of anti-Americanism today -- not because of anything done to the region by the United States recently, but because of Iraq. Latin Americans have not forgotten the history of past U.S. armed interventions in the region, and the Iraq invasion hit a raw nerve there.
A FRESH START
You will enter the presidency with no political baggage. Demagogues like Venezuela's Hugo Chávez will have a hard time painting you as an imperialist. Take advantage of your policy virginity to revamp U.S. relations with the region. Among the proposals you should take to the Trinidad summit:
• Turn the Summit of the Americas into an annual event, instead of one being held every three or four years, as you told me during the campaign. It's the only regular meeting between U.S. and Latin American presidents, and it would force you to focus on hemispheric issues even if you are overwhelmed by more urgent matters elsewhere in the world. That would send a strong signal.
• Resurrect the job of special envoy to the Americas, as you suggested in the campaign. But turn it into a Cabinet-level job, or appoint a very high-profile figure for the position. Be bold: Offer it to former President Bill Clinton as part of other larger diplomatic missions.
• Commit yourself to presenting within the next two years a new comprehensive immigration reform bill that allows an earned path to legalization to more than 11 million undocumented workers. Mexico and Central American economies depend heavily on their family remittances, which are declining rapidly at the very time when these countries are facing a drop in exports to the U.S. market. You have to act swiftly to avert a dangerous crisis on the U.S. southern border.
• Bypass Chávez. Venezuela's narcissist-Leninist leader will do all kinds of pirouettes to grab your attention and seek to propel himself as a world leader. Just ignore him and focus your energies on building better ties with Mexico, Brazil, Colombia, Chile and Peru.
• Expand President Bush's plan to work with Brazil, Central America and the Caribbean to jointly produce sugar-based ethanol, which is cheaper and environmentally cleaner than U.S.-made corn-based ethanol. This would both help reduce U.S. dependence on Middle Eastern oil and boost Latin American and Caribbean economies.
• Announce a hemispheric healthcare agreement, whereby Americans with and without health insurance will be able to get lower-cost and more personalized healthcare at U.S.-certified hospitals in Latin American countries. Medical tourism can pour billions of dollars into Latin America, while helping reduce the U.S. budget deficit.
A PLACE TO START
Those are just a few simple ideas to begin with. Good luck, President-elect Obama. Even though your closest ties abroad are with Africa, you have the opportunity of a lifetime to open a new chapter in U.S.-Latin American relations.
The Miami Herald - Sunday, 09/11/2008
Email: jesusgonzalez [at] gmail.com
Por Andrés Oppenheimer
Felicitaciones por su historica victoria electoral, presidente electo Barack Obama. Ahora que ya está armando su gabinete y estudiando como resolver la crisis económica, permítame hacerle algunas sugerencias en un área que requerirá su atención mucho antes de lo que usted se imagina: Latinoamérica y el Caribe.
Está claro que, ante la enormidad de desafíos que hay en el plano interno, América Latina no estará en su lista de prioridades.
Pero una de las primeras cumbres internacionales a las que deberá asistir será la Cumbre de las Américas, de 34 países, que se celebrará entre el 17 y 19 de abril en Trinidad y Tobago. No tendrá más remedio que prepararse con tiempo para el encuentro, y llegar a la cumbre con una nueva agenda de Estados Unidos para la región.
Y también está claro que Latinoamérica nunca ha sido su punto fuerte. Como me dijo usted mismo la primera vez que lo entrevisté, en el 2007, nunca ha visitado la región. Y cuando le pregunté en esa entrevista cuáles eran los tres presidentes latinoamericanos que más respetaba, se quedó petrificado, y no pudo recordar el nombre de ninguno de ellos. (Para ser justo, debo agregar que cuando lo entrevisté más recientemente usted mencionó a varios mandatarios regionales por su nombre).
Así que permítame darle algunas sugerencias que pueden ayudarlo a cumplir su promesa electoral de renovar el liderazgo de Estados Unidos en las Américas.
En primer lugar, sea usted mismo. No pose para los fotógrafos con un sombrero mexicano, como sus predecesores. Tiene usted una oportunidad tremenda para ganarse la simpatía de la región por el hecho de ser el primer presidente negro del país, por haber crecido en parte en el extranjero, y --quizás lo más importante de todo-- por haberse opuesto a la guerra de Irak desde el primer día.
Por extraño que pueda parecerle, varios países latinoamericanos están entre los más antiestadounidenses del mundo, no por algo que Washington haya hecho recientemente contra la región, sino a causa de la guerra en Irak. Los latinoamericanos no han olvidado la historia de las intervenciones militares de Estados Unidos en el continente, y la invasión a Irak tocó una fibra sensible en la región.
Usted llega a la Presidencia sin ningún lastre político. A los demagogos, como el presidente venezolano Hugo Chávez, les costará mucho pintarlo a usted como un imperialista. Saque ventaja de su virginidad en materia de política internacional para relanzar las relaciones de Estados Unidos con la región. Estas son algunas de las propuestas que podría llevar a la cumbre de Trinidad:
• Convierta la Cumbre de las Américas en un evento anual, en vez de trienal y cuatrienal, como usted mismo me dijo durante la campaña. Se trata de la única reunión del presidente de Estados Unidos con los presidentes latinoamericanos, y eso lo obligaría a concentrarse en los asuntos hemisféricos a pesar de todos los temas acuciantes en el resto del mundo. Eso mandaría una señal potente a la región.
• Resucite el cargo de Enviado Especial para las Américas, pero con rango ministerial o nombrando a una personalidad de alto perfil en el puesto. Sea audaz: ofrézcale el cargo al ex presidente Bill Clinton, como parte de un paquete más grande de misiones diplomáticas.
• Comprométase a proponer en los próximos dos años una ley de reforma inmigratoria integral, que permita la legalización de los más de 11 millones de trabajadores indocumentados. Las economías de México y América Central dependen en buena medida de las remesas de dinero que hacen esos trabajadores a sus familias, y de las exportaciones al mercado norteamericano, y ambas están cayendo peligrosamente.
• Olvídese de Hugo Chávez. El presidente narcisista-lininista de Venezuela hará todo tipo de piruetas para captar su atención y tratar de posicionarse como un líder mundial. Simplemente ignórelo, y concentre sus energías en mejorar los vínculos de Washington con países más serios, como México, Brasil, Colombia, Chile y Perú.
• Amplíe los planes de cooperación energética con Brasil, América Central y el Caribe para producir etanol de caña de azúcar, que es más barato y menos contaminante que el etanol de maíz que se produce en Estados Unidos. Eso ayudaría a Estados Unidos a reducir su dependencia petrolera del Medio Oriente, y ayudaría a América latina.
• Proponga un acuerdo de integración regional de servicios de salud, por el cual millones de estadounidenses podrían usar sus seguros de salud en América latina, y conseguir atención médica más personalizada y a mucho menor costo en hospitales certificados por Estados Unidos en varios países de la región.
Estas son apenas algunas ideas para empezar. ¡Buena suerte! Aunque sus vínculos personales más directos sean con Africa, tiene usted una oportunidad única de abrir un nuevo capítulo en las relaciones de Estados Unidos con Latinoamérica.
El Nuevo Herald - Domingo 09 de noviembre de 2008
By Alvaro Vargas Llosa
Throughout the 20th century, Latin America’s populist leaders waved Marxist banners, railed against foreign imperialists, and promised to deliver their people from poverty. One after another, their ideologically driven policies proved to be sluggish and shortsighted. Their failures led to a temporary retreat of the strongman. But now, a new generation of self-styled revolutionaries is trying to revive the misguided methods of their predecessors.
Ten years ago, Colombian writer Plinio Apuleyo Mendoza, Cuban writer Carlos Alberto Montaner, and I wrote Guide to the Perfect Latin American Idiot, a book criticizing opinion and political leaders who clung to ill-conceived political myths despite evidence to the contrary. The “Idiot” species, we suggested, bore responsibility for Latin America’s underdevelopment. Its beliefs—revolution, economic nationalism, hatred of the United States, faith in the government as an agent of social justice, a passion for strongman rule over the rule of law—derived, in our opinion, from an inferiority complex. In the late 1990s, it seemed as if the Idiots were finally retreating. But the retreat was short lived. Today, the species is back in force in the form of populist heads of state who are reenacting the failed policies of the past, opinion leaders from around the world who are lending new credence to them, and supporters who are giving new life to ideas that seemed extinct.
Because of the inexorable passing of time, today’s young Latin American Idiots prefer Shakira’s pop ballads to Pérez Prado’s mambos and no longer sing leftist anthems like “The Internationale” or “Until Always Comandante.” But they are still descendants of rural migrants, middle class, and deeply resentful of the frivolous lives of the wealthy displayed in the glossy magazines they discreetly leaf through on street corners. State-run universities provide them with a class-based view of society that argues that wealth is something that needs to be retaken from those who have stolen it. For these young Idiots, Latin America’s condition is the result of Spanish and Portuguese colonialism, followed by U.S. imperialism. These basic beliefs provide a safety valve for their grievances against a society that offers scant opportunity for social mobility. Freud might say they have deficient egos that are unable to mediate between their instincts and their idea of morality. Instead, they suppress the notion that predation and vindictiveness are wrong and rationalize their aggressiveness with elementary notions of Marxism.
Latin American Idiots have traditionally identified themselves with caudillos, those larger-than-life authoritarian figures who have dominated the region’s politics, ranting against foreign influence and republican institutions. Two leaders in particular inspire today’s Idiot: President Hugo Chávez of Venezuela and President Evo Morales of Bolivia. Chávez is seen as the perfect successor to Cuba’s Fidel Castro (whom the Idiot also admires): He came to power through the ballot box, which exonerates him from the need to justify armed struggle, and he has abundant oil, which means he can put his money where his mouth is when it comes to championing social causes. The Idiot also credits Chávez with the most progressive policy of all—putting the military, that paradigm of oligarchic rule, to work on social programs.
For his part, Bolivia’s Evo Morales has indigenista appeal. In the eyes of the Idiot, the former coca farmer is the reincarnation of Túpac Katari, an 18th-century Aymara rebel who, before his execution by Spanish colonial authorities, vowed, “I shall return and I shall be millions.” They believe Morales when he professes to speak for the indigenous masses, from southern Mexico to the Andes, who seek redress of the exploitation inflicted on them by 300 years of colonial rule and 200 more of oligarchic republican rule.
The Idiot’s worldview, in turn, finds an echo among distinguished intellectuals in Europe and the United States. These pontificators assuage their troubled consciences by espousing exotic causes in developing nations. Their opinions attract fans among First-World youngsters for whom globalization phobia provides the perfect opportunity to find spiritual satisfaction in the populist jeremiad of the Latin American Idiot against the wicked West.
There’s nothing original about First-World intellectuals’ projecting their utopias onto Latin America. Christopher Columbus stumbled on the shores of the Americas at a time when Renaissance utopian ideas were in vogue; from the very beginning, conquistadors described the lands as nothing short of paradisiacal. The myth of the Good Savage—the idea that the natives of the New World embodied a pristine goodness untarnished by the evils of civilization—impregnated the European mind. The tendency to use the Americas as an escape valve for frustration with the insufferable comfort and cornucopia of Western civilization continued for centuries. By the 1960s and 70s, when Latin America was riddled with Marxist terrorist organizations, these violent groups enjoyed massive support in Europe and the United States among people who never would have accepted Castro-style totalitarian rule at home.
The current revival of the Latin American Idiot has precipitated the return of his counterparts: the patronizing American and European Idiots. Once again, important academics and writers are projecting their idealism, guilty consciences, or grievances against their own societies onto the Latin American scene, lending their names to nefarious populist causes. Nobel Prizewinners, including British playwright Harold Pinter, Portuguese novelist José Saramago, and American economist Joseph Stiglitz; American linguists such as Noam Chomsky and sociologists like James Petras; European journalists like Ignacio Ramonet and some foreign correspondents for outlets such as Le Nouvel Observateurin France, Die Zeit in Germany, and the Washington Post in the United States, are once again propagating absurdities that shape the opinions of millions of readers and sanctify the Latin American Idiot. This intellectual lapse would be quite innocuous if it didn’t have consequences. But, to the extent that it legitimizes the type of government that is actually at the heart of Latin America’s political and economic underdevelopment, it constitutes a form of intellectual treason.
A FOREIGN AFFAIR
The most notable example today of the symbiosis between certain Western intellectuals and Latin American caudillos is the love affair between American and European Idiots and Hugo Chávez. The Venezuelan leader, despite his nationalist tendencies, has no qualms about citing foreigners in his speeches in order to strengthen his positions. Just witness Chávez’s speech at the United Nations last September in which he praised Chomsky’s Hegemony or Survival: America’s Quest for Global Dominance.
Likewise, in presentations at the Massachusetts Institute of Technology, Chomsky has pointed to Venezuela as an example for the developing world, touting social policies that have achieved success in education and medical assistance and rescued the dignity of Venezuelans. He has also expressed admiration for the fact that “Venezuela successfully challenged the United States, and this country doesn’t like challenges, much less so if they are successful.”
But in actuality, Venezuela’s social programs have, with help from the Cuban intelligence services, become vehicles for political regimentation and social dependence on the government. Furthermore, their effectiveness is suspect. The Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros, a teachers’ union think tank, reported in 2006 that 80 percent of Venezuela’s households have difficulty covering the cost of food—the same proportion as when Chávez came to power in 1999, and when the price of oil was one third the price it is today. As for the dignity of the people, the real story is that there have been 10,000 homicides per year in Venezuela since Chávez became president, giving the country the highest per-capita murder rate in the world.
Another nation that certain American opinion leaders have a soft spot for is Cuba. In 2003, Fidel Castro’s regime executed three young refugees for hijacking a boat and trying to escape from the island. Castro also sent 75 democratic activists to prison for lending banned books. In response, James Petras, a longtime sociology professor at the State University of New York’s Binghamton University, wrote an article titled “The Responsibility of the Intellectuals: Cuba, the U.S. and Human Rights.” In his essay, which was reprinted by various left-wing publications around the world, he defended Havana by arguing that the victims had been in the service of the United States government.
Noted Castro sympathizer Ignacio Ramonet, the editor of Le Monde Diplomatique, a French newspaper that champions every unsavory cause coming out of the Third World, maintains that globalization has made Latin America poorer in recent years. In fact, poverty has been modestly reduced in the past five years. Globalization has given Latin American governments so much revenue from the sale of commodities and from the taxes paid by foreign investors that they have handed out cash subsidies to the poor—hardly a solution to poverty in the long term.
Two decades out of date, Harold Pinter delivered a flabbergasting account of the Nicaraguan Sandinista government in his 2005 Nobel lecture. Perhaps thinking that a vindicatory look at the populists of the past might help the populists of today, he said that the Sandinistas had “set out to establish a stable, decent, pluralistic society,” and that there was “no record of torture” or of “systematic or official military brutality” under Daniel Ortega’s government in the 1980s. One wonders, then, why the Sandinistas were thrown out of power by the people of Nicaragua in the 1990 elections. Or why the voters kept them out of power for nearly two decades—until Ortega became a political transvestite, declaring himself a supporter of the market economy. As for the denial of Sandinista atrocities, Pinter would do well to remember the 1981 massacre of Miskito Indians on Nicaragua’s Atlantic coast. Under the guise of a literacy campaign, the Sandinistas, with the help of their Cuban cadres, tried to indoctrinate the Miskitos with Marxist ideology. But the independent-minded Indians refused to accept Sandinista control. Accusing them of supporting opposition groups based in Honduras, Ortega’s men killed as many as 50 Miskitos, imprisoned hundreds, and forcibly relocated many more. The Nobel laureate should also remember that his hero Ortega became a capitalist millionaire thanks to the distribution of government assets and confiscated property that the Sandinista leaders split among themselves after losing the 1990 elections.
The current enthusiasm with Latin American populism extends to correspondents for major news outlets. Take, for instance, some stories filed by the Washington Post’s Juan Forero. He is more balanced and informed than the luminaries mentioned above, but, from time to time, he betrays an uncanny enthusiasm for populism of the kind that is sweeping the region. In a recent article on Chávez’s foreign largesse, he and coauthor Peter S. Goodman paint a generally positive picture of the way in which Chávez is helping some countries rid themselves of the strictures imposed by U.S.-backed multilateral agencies by providing them with enough cash to pay off their debts. Supporters of this policy were quoted favorably and no mention was made of the fact that Venezuela’s oil money belongs to the Venezuelan people, not to foreign governments or entities allied with Chávez, or that those subsidies have political strings attached. Note Argentine President Néstor Kirchner’s attack against the United States and his praise of Chávez during a recent visit to the Venezuelan city of Puerto Ordaz, in return for Chávez’s commitment to back yet another bond issue on Argentina’s behalf.
THE PROBLEM WITH POPULISM
Foreign observers are missing an essential point: Latin American populism has nothing to do with social justice. It began as a reaction against the oligarchic state of the 19th century in the form of mass movements led by caudillos who blamed rich nations for Latin America’s plight. These movements based their legitimacy on voluntarism, protectionism, and massive wealth redistribution. The result, throughout the 20th century, was bloated government, stifling bureaucracy, the subservience of judicial institutions to political authority, and parasitic economies.
Populists share basic characteristics: the voluntarism of the caudillo as a substitute for the law; the impugning of the oligarchy and its replacement with another type of oligarchy; the denunciation of imperialism (with the enemy always being the United States); the projection of the class struggle between the rich and the poor onto the stage of international relations; the idolatry of the state as a redeeming force for the poor; authoritarianism under the guise of state security; and “clientelismo,” a form of patronage by which government jobs—as opposed to wealth creation—are the conduit of social mobility and the way to maintain a “captive vote” in the elections. The legacy of these policies is clear: Nearly half the population of Latin America is poor, with more than 1 in 5 living on $2 or less per day. And 1 to 2 million migrants flock to the United States and Europe every year in search of a better life.
Even in Latin America, part of the left is making its transition away from Idiocy—similar to the kind of mental transition that the European left, from Spain to Scandinavia, went through a few decades ago when it grudgingly embraced liberal democracy and a market economy. In Latin America, one can speak of a “vegetarian left” and a “carnivorous left.” The vegetarian left is represented by leaders such as Brazilian President Luiz Inácio “Lula” da Silva, Uruguayan President Tabaré Vázquez, and Costa Rican President Oscar Arias. Despite the occasional meaty rhetoric, these leaders have avoided the mistakes of the old left, such as raucous confrontations with the developed world and monetary and fiscal profligacy. They have settled into social-democratic conformity and are proving unwilling to engage in major reform—which is why Brazil’s gross domestic product (GDP) growth is not expected to top 3.6 percent this year—but they signify a positive development in the struggle for modernizing the left.
By contrast, the “carnivorous” left is represented by Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, and Ecuador’s President Rafael Correa. They cling to a Marxist view of society and a Cold War mentality that separates North from South, and they seek to exploit ethnic tensions, particularly in the Andean region. The oil windfall obtained by Hugo Chávez is funding a great deal of this effort.
The gastronomy of Argentina’s Kirchner is ambiguous; he is situated somewhere between the carnivores and the vegetarians. He has inflated the currency, established price controls, and either nationalized or created government-owned enterprises in major sectors of the economy, but he has avoided revolutionary extremes and paid his country’s debts to the International Monetary Fund, albeit with the help of Venezuelan credit. Kirchner’s ambiguous position has been helpful to Chávez, who has filled the power vacuum in the South American Common Market to project his influence on the region.
Oddly, many European and American “vegetarians” support the “carnivores” in Latin America. For instance, Joseph Stiglitz has defended various nationalization programs in Morales’s Bolivia and Chávez’s Venezuela. In an interview with Caracol Radio in Colombia, Stiglitz said that nationalizations should not cause alarm because “public firms can be very successful, like the Social Security pension system in the United States.” Stiglitz has not called for nationalizing major private or publicly traded companies in his own country (the Social Security system was created from scratch), and he seems unaware that, south of the Rio Grande, nationalizations are at the heart of the disastrous populist experiences of the past.
Stiglitz also ignores the fact that in Latin America, there is no real separation between the state’s institutions and the administration in charge, so government companies quickly become conduits for political patronage and corruption. Venezuela’s main telecommunications company has been a success story since it was privatized in the early 1990s; the telecommunications market has experienced an increase of about 25 percent in the past three years alone. By contrast, the government-owned oil giant has seen its output systematically decline. Venezuela today produces about a million fewer barrels of oil than it did in the early years of this decade. In Mexico, where oil is also in government hands, the Cantarell project, representing almost two thirds of national production, will lose half its output in the next couple of years because of undercapitalization.
Does it really matter that the American and European intelligentsia quench their thirst for the exotic by promoting Latin American Idiots? The unequivocal answer is yes. A cultural struggle is under way in Latin America—between those who want to place the region in the global firmament and see it emerge as a major contributor to the Western culture to which its destiny has been attached for five centuries, and those who cannot reconcile themselves to the idea and resist it. Despite some progress in recent years, this tension is holding back Latin America’s development in comparison to other regions of the world—such as East Asia, the Iberian Peninsula, or Central Europe—that not long ago were examples of backwardness. Latin America’s annual GDP growth has averaged 2.8 percent in the past three decades—against Southeast Asia’s 5.5 percent, or the world average of 3.6 percent.
This sluggish performance explains why about 45 percent of the population is still poor and why, after a quarter century of democratic rule, regional surveys betray a profound dissatisfaction with democratic institutions and traditional parties. Until the Latin American Idiot is confined to the archives—something that will be difficult to achieve while so many condescending spirits in the developed world continue to lend him support—that will not change.
Foreign Policy - May/June 2007
Por Alvaro Vargas Llosa
A lo largo del siglo 20, los líderes populistas latinoamericanos enarbolaron estandartes marxistas, insultaron a los imperialistas extranjeros y prometieron sacar a sus pueblos de la pobreza. Una tras otra, sus políticas ideológicamente motivadas probaron ser indolentes y miopes. Sus fracasos llevaron a una retirada temporal de los dictadores. Pero ahora, una nueva generación de auto-proclamados revolucionarios está intentando revivir los erróneos métodos de sus predecesores.
Hace diez años, el escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, el escritor cubano Carlos Alberto Montaner y yo escribimos el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano, un libro que criticaba a los líderes y los intelectuales que se aferraban a mitos políticos funestos en contra de los dictados de la realidad. La especie del “idiota”, sugerimos, era responsable del subdesarrollo de América Latina. Sus creencias —la revolución, el nacionalismo económico, el odio a los Estados Unidos, la fe en el gobierno como un agente de la justicia social, la pasión por el poder dictatorial por sobre el Estado de Derecho— se originaba, en nuestra opinión, en un complejo de inferioridad. A finales de la década del 90, parecía que el idiota finalmente estaba en retirada. Pero la retirada tuvo corta vida. Hoy día, la especie ha regresado con fuerza bajo la forma de los jefes de estado populistas que están desenterrando las fallidas políticas del pasado, líderes de opinión de todo el mundo que les están confiriendo nueva credibilidad y seguidores que están dando nueva vida a ideas que parecían extinguidas.
Debido al paso inexorable del tiempo, los jóvenes idiotas latinoamericanos de hoy día prefieren las baladas pop de Shakira a los mambos de Pérez Prado y ya no entonan más himnos izquierdistas como “La Internacional” o “Hasta Siempre Comandante”. Pero aún son descendientes de emigrantes rurales, de clase media y profundamente resentidos ante las frívolas vidas de los ricos exhibidas en las atractivas revistas que discretamente hojean en las esquinas. Las universidades estatales les proporcionan una visión de la sociedad basada en la estratificación por clases sociales que sostiene que la riqueza es algo que debe ser recuperado de manos de quienes la han robado. Para estos jóvenes idiotas, la condición de América Latina es el resultado del colonialismo español y portugués, continuado por el imperialismo estadounidense. Estas creencias básicas proporcionan una válvula de escape para sus quejas contra una sociedad que ofrece escasas oportunidades para la movilidad social. Freud podría decir que poseen egos deficientes que resultan incapaces de mediar entre sus instintos y su idea de la moral. En cambio, suprimen la noción de que la depredación y el rencor son un desacierto y racionalizan su agresividad con elementales nociones de marxismo.
Los idiotas latinoamericanos se han identificado tradicionalmente con los caudillos, esas descomunales figuras autoritarias que han dominado la política de la región, vociferando contra la influencia extranjera y las instituciones republicanas. Dos líderes en particular inspiran al idiota de hoy: El Presidente Hugo Chávez de Venezuela y el Presidente Evo Morales de Bolivia. Chávez es visto como el perfecto sucesor del cubano Fidel Castro (a quien también admira el idiota). Llegó al poder a través de las urnas, lo que lo exonera de la necesidad de justificar la lucha armada, y tiene petróleo en abundancia, lo que significa que puede predicar con el ejemplo cuando se trata de abogar por causas sociales. El idiota también reconoce a Chávez con el político más progresista de todos; un jefe que pone a los militares, ese paradigma del gobierno oligárquico, a trabajar en programas sociales.
Por su parte, el boliviano Evo Morales posee un encanto indigenista. A ojos del idiota, el ex cocalero es la reencarnación de Túpac Katari, un rebelde indio aymara del siglo 18 que, antes de su ejecución por las autoridades coloniales españolas, prometió: “volveré y seré millones”. Le creen a Morales cuando profesa hablar en favor de las masas indígenas que, del sur de México a los Andes, buscan una reparación por la explotación infligida en su contra por 300 años de gobierno colonial y otros 200 años de gobierno de la oligarquía republicana.
A su vez, la visión del mundo que posee el idiota encuentra eco entre distinguidos intelectuales de Europa y los Estados Unidos. Estos pontífices apaciguan sus afligidas conciencias mediante la adhesión a causas exóticas en las naciones en vías de desarrollo. Sus opiniones atraen a simpatizantes entre los jóvenes del Primer Mundo a quienes la fobia contra la globalización proporciona la oportunidad perfecta para hallar satisfacción espiritual en el lamento populista del idiota latinoamericano contra el Occidente malvado.
No hay nada de original en el hecho de que los intelectuales del Primer Mundo proyecten sus utopías sobre América Latina. Cristóbal Colón tropezó con las costas americanas en una época en la que las ideas utópicas del Renacimiento estaban en boga; desde el inicio, los conquistadores describieron esas tierras como paradisíacas. El mito del Buen Salvaje —la idea de que los nativos del Nuevo Mundo encarnaban una bondad prístina e impoluta por los males de la civilización— impregnó la mente europea. La tendencia a utilizar al continente americano como una válvula de escape para la frustración contra el bienestar insufrible y la cornucopia de la civilización occidental continuó durante siglos. En las décadas de 1960 y 70, cuando América Latina estuvo inundada de organizaciones terroristas marxistas, estos grupos violentos gozaron de un apoyo masivo en Europa y los Estados Unidos entre gente que nunca hubiese aceptado en su país un gobierno autoritario al estilo castrista.
El actual renacer del idiota latinoamericano ha precipitado el regreso de sus homólogos: los condescendientes idiotas estadounidenses y europeos. Una vez más, importantes académicos y escritores están proyectando su idealismo, sus conciencias culposas o sus reclamos contra sus propias sociedades sobre la escena latinoamericana, prestando sus nombres a nefastas causas populistas. Premios Nobel, incluidos el dramaturgo británico Harold Pinter, el novelista portugués José Saramago y el economista estadounidense Joseph Stiglitz; lingüistas estadounidenses como Noam Chomsky y sociólogos como James Petras; periodistas europeos como Ignacio Ramonet y muchos corresponsales extranjeros de medios como Le Nouvel Observateur en Francia, Die Zeit en Alemania y el Washington Post en los Estados Unidos, están propagando, una vez más, disparates que forjan las opiniones de millones de lectores y santifican al idiota latinoamericano. Este desliz intelectual sería inocuo si no tuviese consecuencias. Pero, en la medida en que legitima el tipo de gobierno que se encuentra en realidad en la raíz del subdesarrollo político y económico de América Latina, constituye una forma de traición intelectual.
UN ASUNTO EXTERIOR
El ejemplo más notable, hoy día, de la simbiosis entre ciertos intelectuales occidentales y los caudillos latinoamericanos es el affaire amoroso entre los idiotas estadounidenses y europeos y Hugo Chávez. El líder venezolano, a pesar de sus tendencias nacionalistas, carece de escrúpulos cuando se trata de citar a extranjeros en sus discursos a fin de fortalecer sus posiciones. Considérese, como botón de muestra, el discurso de Chávez ante las Naciones Unidas en septiembre pasado en el cual elogió el libro Hegemony or Survival: America’s Quest for Global Dominance de Chomsky.
Asimismo, en presentaciones en el Massachusetts Institute of Technology, Chomsky ha señalado a Venezuela como un ejemplo para el mundo en desarrollo, alabando las políticas sociales que han alcanzado el éxito en materia de educación y asistencia médica y rescatado la dignidad de los venezolanos. Ha expresado también admiración por el hecho de que “Venezuela desafió con éxito a los Estados Unidos, y a este país no le agradan los desafíos, mucho menos si son exitosos”.
Pero en realidad, los programas sociales de Venezuela se han convertido, con la ayuda de los servicios de inteligencia cubanos, en vehículos para la regimentación política y social y la dependencia con respecto al Estado. Además, su efectividad resulta sospechosa. El Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros, un laboratorio de ideas del sindicato de maestros, informó en 2006 que el 80 por ciento de los hogares de Venezuela tenía dificultad para cubrir el costo de la alimentación—la misma proporción que al momento de asumir Chávez el mando en 1999, y cuando el precio del petróleo era un tercio del precio actual. En cuanto a la dignidad del pueblo, la verdadera historia es que han habido 10.000 homicidios por año en Venezuela desde que Chávez se volvió presidente, dándole al país la más alta tasa de homicidios per-capita del mundo.
Otra nación por la que ciertos líderes de opinión estadounidenses tienen debilidad es Cuba. En 2003, el régimen de Fidel Castro ejecutó a tres jóvenes por el secuestro de una embarcación y el intento de escapar de la isla. Castro envió también a 75 activistas democráticos a prisión por prestar libros prohibidos. En respuesta, James Petras, durante mucho tiempo profesor de sociología en la Binghamton University de la State University de Nueva York, escribió un artículo titulado “The Responsibility of the Intellectuals: Cuba, the U.S. and Human Rights” (“La responsabilidad de los intelectuales: Cuba, los EE.UU. y los derechos humanos”). En su ensayo, que fue reproducido por distintas publicaciones de izquierdas alrededor del mundo, defendía a La Habana por sostener que las víctimas habían estado al servicio del gobierno de los Estados Unidos.
Un destacado simpatizante de Castro, Ignacio Ramonet, el director de Le Monde Diplomatique, un periódico francés que aboga por todas las causas disparatadas originadas en el Tercer Mundo, sostiene que la globalización ha vuelto más pobre a América Latina en años recientes. De hecho, la pobreza ha sido modestamente reducida en los últimos cinco años. La globalización ha dado a los gobiernos latinoamericanos tantos ingresos por la venta de “commodities” y los impuestos abonados por los inversores extranjeros que han repartido subsidios en efectivo a los pobres (algo que no constituye la solución de la pobreza en el largo plazo).
Con dos décadas de retraso, Harold Pinter ofreció un asombroso relato del gobierno sandinista nicaragüense en la conferencia ofrecida al recibir el Premio Nobel en el año 2005. Pensando quizás que una mirada reivindicatoria a los populistas del pasado podría ayudar a los populistas actuales, afirmó que los sandinistas se habían “propuesto establecer una sociedad estable, decente y pluralista”, y que no existía “antecedente alguno de torturas” o de “brutalidad militar sistemática u oficial” bajo el gobierno de Daniel Ortega en los años 80. Uno se pregunta, entonces, por qué los sandinistas fueron desplazados del poder por el pueblo de Nicaragua en las elecciones de 1990. O por qué los votantes los dejaron fuera del poder durante casi dos décadas—hasta que Ortega se volvió un travestido político, declarándose simpatizante de la economía de mercado. Con relación a la negación de las atrocidades sandinistas, Pinter haría bien en recordar la masacre de 1981 de los indios misquitos en la costa atlántica de Nicaragua.
Bajo el disfraz de una campaña de alfabetización, los sandinistas, con la ayuda de grupos de expertos cubanos, intentaron adoctrinar a los misquitos con la ideología marxista. Pero los indios independientes se rehusaron a aceptar el control sandinista. Acusándolos de apoyar a los grupos de oposición con base en Honduras, los hombres de Ortega asesinaron a unos 50 misquitos, encarcelaron a cientos, y reubicaron por la fuerza a muchos más. El ganador del Nobel debería recordar también que su héroe Ortega se convirtió en un millonario capitalista gracias a la distribución de activos gubernamentales y propiedades confiscadas que los dirigentes sandinistas repartieron entre ellos tras perder los comicios de 1990.
El entusiasmo actual con el populismo latinoamericano se extiende a los corresponsales de los principales medios noticiosos. Considérense, por ejemplo, muchas historias presentadas por Juan Forero del Washington Post. Es más equilibrado e informado que las luminarias mencionadas anteriormente, pero, de vez en cuando, deja traslucir un extraño entusiasmo por el populismo que está campeando en la región. En un reciente artículo sobre la generosidad internacional de Chávez, él y el coautor Peter S. Goodman pintan un cuadro más bien positivo del modo en que Chávez está ayudando a algunos países a deshacerse de las limitaciones impuestas por las agencias multilaterales respaldadas por los EE.UU. al proporcionarles el dinero suficiente para cancelar sus deudas. Los partidarios de esta política fueron citados favorablemente y ninguna mención se hizo del hecho de que el dinero por el petróleo de Venezuela pertenece al pueblo venezolano, no a los gobiernos extranjeros ni a las entidades aliadas con Chávez, y de que esos subsidios tienen añadidas ataduras políticas. Adviértase el ataque del Presidente argentino Néstor Kirchner contra los Estados Unidos y su elogio a Chávez durante una reciente visita a la ciudad venezolana de Puerto Ordaz, a cambio del compromiso de Chávez de respaldar otra emisión de bonos de parte de la Argentina.
EL PROBLEMA CON EL POPULISMO
Los observadores extranjeros pierden de vista un aspecto esencial: el populismo latinoamericano no tiene nada que ver con la justicia social. Comenzó como una reacción contra el Estado oligárquico del siglo 19 bajo la forma de movimientos de masas liderados por caudillos que culpaban a las naciones ricas por las penurias de América Latina. Estos movimientos basaban su legitimidad en el voluntarismo, el proteccionismo y una masiva redistribución de la riqueza. El resultado, a lo largo del siglo 20, fue un Estado hinchado, una burocracia asfixiante, la subordinación de las instituciones judiciales a la autoridad política y un sistema económico parasitario.
Los populistas comparten características básicas: el voluntarismo del caudillo como un sustituto del derecho; la impugnación de la oligarquía y su reemplazo con otro tipo de oligarquía; la denuncia del imperialismo (el enemigo siempre son los Estados Unidos); la proyección de la lucha de clases entre ricos y pobres al escenario de las relaciones internacionales; la idolatría del Estado como una fuerza redentora para los pobres; el autoritarismo bajo el disfraz de la seguridad del Estado; y el “clientelismo”, una forma de favoritismo mediante la cual los empleos gubernamentales —y no la creación de riqueza— son el camino a la movilidad social y la forma de mantener un “voto cautivo” en los comicios. El legado de estas políticas es claro: casi la mitad de la población de América Latina es pobre, y más de 1 de cada 5 habitantes vive con $2 o menos por día. Y entre 1 y 2 millones de emigrantes parten en masa a los Estados Unidos y Europa cada año en busca de una vida mejor.
Incluso en América Latina, parte de la izquierda está haciendo una transición y alejándose de la idiotez -—transición similar a la transición mental que la izquierda europea, de España a los países escandinavos, experimentó hace algunas décadas cuando de mala gana abrazó la democracia liberal y la economía de mercado. En América Latina, uno puede hablar de una “izquierda vegetariana” y de una “izquierda carnívora”. La izquierda vegetariana está representada por figuras como Lula da Silva de Brasil, Tabaré Vásquez de Uruguay y Oscar Arias de Costa Rica. A pesar de la esporádica retórica “carnosa”, estos dirigentes han evitado las equivocaciones de la vieja izquierda, incluida la confrontación de rigor con el mundo exterior y el despilfarro fiscal. Han optado por una mansedumbre social-demócrata y están demostrando no estar dispuestos a producir reformas de gran calibre, razón por la cual no se espera que el producto bruto interno (PBI) de Brasil supere el 3,6 por ciento este año, pero significan un avance positivo en la lucha por la modernización de la izquierda.
En contraste, la “izquierda carnívora” está representada por Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, y el Presidente de Ecuador Rafael Correa. Se aferran a una visión marxista de la sociedad y una mentalidad de “Guerra Fría” que separa al Norte del Sur, y procura explotar las tensiones étnicas, particularmente en la región andina. La lluvia de petro-dólares recibida por Chávez está financiando gran parte de este esfuerzo.
La gastronomía de Kirchner, en Argentina, es ambigua; se encuentra situado en algún lugar del espacio que separa a los carnívoros y los vegetarianos. Ha inflado la moneda, establecido controles de precios y nacionalizado o creado empresas estatales en sectores importantes de la economía, pero ha evitado los extremos revolucionarios y pagado las deudas de su país con el Fondo Monetario Internacional, aunque con la ayuda del crédito venezolano. La ambigua posición de Kirchner ha sido útil para Chávez, quien ha llenado el vacío de poder en el MERCOSUR para proyectar su influencia sobre la región.
Extrañamente, muchos “vegetarianos” europeos y estadounidenses apoyan a los “carnívoros” en América Latina. Por ejemplo, Joseph Stiglitz ha defendido distintos programas de nacionalización en la Bolivia de Morales y la Venezuela de Chávez. En una entrevista con Radio Caracol, en Colombia, Stiglitz afirmó que las nacionalizaciones no deberían provocar alarma en virtud de que las “empresas públicas pueden ser muy exitosas, como el sistema jubilatorio de la Seguridad Social en los Estados Unidos”. Stiglitz no ha pedido la nacionalización de las principales compañías privadas que operan en la bolsa en su propio país (el sistema de la Seguridad Social fue creado partiendo de cero), y parecería no percatarse de que, al sur del Río Grande, las nacionalizaciones están en la raíz de las desastrosas experiencias populistas del pasado.
Stiglitz ignora también el hecho de que en América Latina no existe una verdadera separación entre las instituciones del Estado y la administración del gobierno, por lo que las empresas estatales rápidamente se vuelven el mejor camino para el clientelismo político y la corrupción. La principal empresa de telecomunicaciones de Venezuela ha sido una historia exitosa desde que fue privatizada a comienzos de la década de 1990; el mercado de las telecomunicaciones ha experimentado un crecimiento cercano al 25 por ciento solamente en los últimos tres años. En cambio, el gigante estatal petrolero ha visto declinar a su producción sistemáticamente. Venezuela produce hoy día cerca de un millón de barriles de petróleo menos que los que producía en los primeros años de esta década. En México, donde el petróleo también está en manos gubernamentales, el proyecto Cantarell, que representa casi dos tercios de la producción nacional, perderá la mitad de su producción en los próximos dos años debido a una capitalización insuficiente.
¿Importa realmente que la intelectualidad estadounidense y europea aplaque su sed por lo exótico mediante la promoción de los idiotas latinoamericanos? La respuesta inequívoca es sí. Una lucha cultural está en curso en América Latina entre aquellos que desean colocar a la región en el firmamento global y verla surgir como un contribuyente importante a la cultura occidental a la cual su destino ha estado ligado durante siglos, y aquellos que no pueden reconciliarse con la idea y se resisten a ella. A pesar de algunos avances en años recientes, esta tensión está retrasando el desarrollo de América Latina en comparación con otras regiones del mundo –como el este de Asia, la península ibérica o Europa central—que hasta no hace mucho eran ejemplos de tercermundismo. El crecimiento anual del PBI de América Latina ha promediado el 2,8 por ciento en las últimas tres décadas, cifra bastante inferior al 5,5 por ciento del sudeste asiático o al promedio mundial del 3,6 por ciento.
Este lento desempeño explica por qué cerca del 45 por ciento de la población todavía es pobre y por qué, tras un cuarto de siglo de gobiernos democráticos, las encuestas aún dejan traslucir una profunda insatisfacción con las instituciones democráticas y los partidos tradicionales. Hasta que el idiota latinoamericano sea confinado a los archivos —algo que será difícil de lograr mientras tantos espíritus condescendientes en el mudo desarrollado sigan brindándole su apoyo— eso no cambiará.
Por Mario Vargas Llosa
Discurso pronunciado en Washington, D.C., el 02/03/2005 al recibir el Premio Irving Kristol, que otorga anualmente el Instituto American Enterprise
Estoy especialmente reconocido a quienes me han otorgado este premio porque, según sus considerandos, se me confiere no sólo por mi obra literaria sino también por mis ideas y tomas de posición política. Eso es, créanme ustedes, toda una novedad. En el mundo en el que yo me muevo más, América Latina y España, lo usual es que, cuando alguien o alguna institución elogia mis novelas o mis ensayos literarios, se apresure inmediatamente a añadir "pese a que discrepe de", "aunque no siempre coincida con", o "esto no significa que acepte las cosas que él (yo) critica o defiende en el ámbito político". Acostumbrado a esta partenogénesis de mí, me siento, ahora, feliz, reintegrado a la totalidad de mi persona, gracias al Premio Irving Kristol que, en vez de practicar conmigo aquella esquizofrenia, me identifica como un solo ser, el hombre que escribe y el que piensa y en el que, me gustaría creer, ambas cosas son una sola e irrompible realidad.Pero, ahora, para ser honesto con ustedes y responder de algún modo a la generosidad de la American Enterprise Institute y al Premio Irving Kristol, siento la obligación de explicar mi posición política con cierto detalle. No es nada fácil. Me temo que no baste afirmar que soy —sería más prudente decir "creo que soy"— un liberal. La primera complicación surge con esta palabra. Como ustedes saben muy bien, "liberal" quiere decir cosas diferentes y antagónicas, según quién la dice y dónde se dice. Por ejemplo, mi añorada abuelita Carmen decía que un señor era un liberal cuando se trataba de un caballero de costumbres disolutas que, además de no ir a misa, hablaba mal de los curas. Para ella, la encarnación prototípica del "liberal" era un legendario antepasado mío que, un buen día, en mi ciudad natal, Arequipa, dijo a su mujer que iba a comprar un periódico a la Plaza de Armas y no regresó más a su casa. La familia sólo volvió a saber de él treinta años más tarde, cuando el caballero prófugo murió en París. "¿Y a qué se fugó a París ese tío liberal, abuelita?" "A qué iba a ser, hijito. ¡A corromperse!" No sería extraño que aquella historia fuera el origen remoto de mi liberalismo y mi pasión por la cultura francesa.Aquí, en Estados Unidos, y en general en el mundo anglosajón, la palabra liberal tiene resonancias de izquierda y se identifica a veces con socialista y radical. En América Latina y en España, donde la palabra liberal nació en el siglo XIX para designar a los rebeldes que luchaban contra las tropas de ocupación napeolónicas, en cambio, a mí me dicen liberal —o, lo que es más grave, neoliberal— para exorcizarme o descalificarme, porque la perversión política de nuestra semántica ha mutado el significado originario del vocablo —amante de la libertad, persona que se alza contra la opresión— reemplazándolo por la de conservador y reaccionario, es decir, algo que en boca de un progresista quiere decir cómplice de toda la explotación y las injusticias de que son víctimas los pobres del mundo.Ahora bien, para complicar más las cosas, ni siquiera entre los propios liberales hay un acuerdo riguroso sobre lo que entendemos por aquello que decimos y queremos ser. Todos quienes han tenido ocasión de asistir a una conferencia o congreso de liberales saben que estas reuniones suelen ser muy divertidas, porque en ellas las discrepancias prevalecen sobre las coincidencias y porque, como ocurría con los trotskistas cuando todavía existían, cada liberal es, en sí mismo, potencialmente, una herejía y una secta.Como el liberalismo no es una ideología, es decir, una religión laica y dogmática, sino una doctrina abierta que evoluciona y se pliega a la realidad en vez de tratar de forzar a la realidad a plegarse a ella, hay, entre los liberales, tendencias diversas y discrepancias profundas. Respecto a la religión, por ejemplo, o a los matrimonios gay, o al aborto, y así, los liberales que, como yo, somos agnósticos, partidarios de separar a la iglesia del Estado, y defendemos la descriminalización del aborto y el matrimonio homosexual, somos a veces criticados con dureza por otros liberales, que piensan en estos asuntos lo contrario que nosotros. Estas discrepancias son sanas y provechosas, porque no violentan los presupuestos básicos del liberalismo, que son la democracia política, la economía de mercado y la defensa del individuo frente al Estado.Hay liberales, por ejemplo, que creen que la economía es el ámbito donde se resuelven todos los problemas y que el mercado libre es la panacea que soluciona desde la pobreza hasta el desempleo, la marginalidad y la exclusión social. Esos liberales, verdaderos logaritmos vivientes, han hecho a veces más daño a la causa de la libertad que los propios marxistas, los primeros propagadores de esa absurda tesis según la cual la economía es el motor de la historia de las naciones y el fundamento de la civilización. No es verdad. Lo que diferencia a la civilización de la barbarie son las ideas, la cultura, antes que la economía y ésta, por sí sola, sin el sustento de aquélla, puede producir sobre el papel óptimos resultados, pero no da sentido a la vida de las gentes, ni les ofrece razones para resistir la adversidad y sentirse solidarios y compasivos, ni las hace vivir en un entorno impregnado de humanidad. Es la cultura, un cuerpo de ideas, creencias y costumbres compartidas —entre las que, desde luego, puede incluirse la religión— la que da calor y vivifica la democracia y la que permite que la economía de mercado, con su carácter competitivo y su fría matemática de premios para el éxito y castigos para el fracaso, no degenere en una darwiniana batalla en la que —la frase es de Isaiah Berlin— "los lobos se coman a todos los corderos". El mercado libre es el mejor mecanismo que existe para producir riqueza y, bien complementado con otras instituciones y usos de la cultura democrática, dispara el progreso material de una nación a los vertiginosos adelantos que sabemos. Pero es, también, un mecanismo implacable, que sin esa dimensión espiritual e intelectual que representa la cultura, puede reducir la vida a una feroz y egoísta lucha en la que sólo sobrevivirían los más fuertes.Pues bien, el liberal que yo trato de ser, cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica, hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla. Por no haberlo entendido así, han fracasado tantas veces los intentos democráticos en América Latina. Porque las democracias que comenzaban a alborear luego de las dictaduras, respetaban la libertad política pero rechazaban la libertad económica, lo que, inevitablemente, producía más pobreza, ineficiencia y corrupción, o porque se instalaban gobiernos autoritarios, convencidos de que sólo un régimen de mano dura y represora podía garantizar el funcionamiento del mercado libre. Ésta es una peligrosa falacia. Nunca ha sido así y por eso todas las dictaduras latinoamericanas "desarrollistas" fracasaron, porque no hay economía libre que funcione sin un sistema judicial independiente y eficiente, ni reformas que tengan éxito si se emprenden sin la fiscalización y la crítica que sólo la democracia permite. Quienes creían que el general Pinochet era la excepción a la regla, porque su régimen obtuvo algunos éxitos económicos, descubren ahora, con las revelaciones sobre sus asesinados y torturados, cuentas secretas y sus millones de dólares en el extranjero, que el dictador chileno era, igual que todos sus congéneres latinoamericanos, un asesino y un ladrón.Democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal. Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que las deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes. El liberalismo es más, mucho más que eso. Básicamente, es tolerancia y respeto a los demás, y, principalmente, a quien piensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo. Aceptar esa coexistencia con el que es distinto ha sido el paso más extraordinario dado por los seres humanos en el camino de la civilización, una actitud o disposición que precedió a la democracia y la hizo posible, y contribuyó más que ningún descubrimiento científico o sistema filosófico a atenuar la violencia y el instinto de dominio y de muerte en las relaciones humanas. Y lo que despertó esa desconfianza natural hacia el poder, hacia todos los poderes, que es en los liberales algo así como nuestra segunda naturaleza.No se puede prescindir del poder, claro está, salvo en las hermosas utopías de los anarquistas. Pero sí se puede frenarlo y contrapesarlo para que no se exceda, usurpe funciones que no le competen y arrolle al individuo, ese personaje al que los liberales consideramos la piedra miliar de la sociedad y cuyos derechos deben ser respetados y garantizados porque, si ellos se ven vulnerados, inevitablemente se desencadena una serie multiplicada y creciente de abusos que, como las ondas concéntricas, arrasan con la idea misma de la justicia social.La defensa del individuo es consecuencia natural de considerar a la libertad el valor individual y social por excelencia. Pues la libertad se mide en el seno de una sociedad por el margen de autonomía de que dispone el ciudadano para organizar su vida y realizar sus expectativas sin interferencias injustas, es decir, por aquella "libertad negativa" como la llamó Isaiah Berlin en un célebre ensayo. El colectivismo, inevitable en los primeros tiempos de la historia, cuando el individuo era sólo una parte de la tribu, que dependía del todo social para sobrevivir, fue declinando a medida que el progreso material e intelectual permitían al hombre dominar la naturaleza, vencer el miedo al trueno, a la fiera, a lo desconocido, y al otro, al que tenía otro color de piel, otra lengua y otras costumbres. Pero el colectivismo ha sobrevivido a lo largo de la historia, en esas doctrinas e ideologías que pretenden convertir la pertenencia de un individuo a una determinada colectividad en el valor supremo, la raza, por ejemplo, la clase social, la religión, o la nación. Todas esas doctrinas colectivistas —el nazismo, el fascismo, los integrismos religiosos, el comunismo—, son por eso los enemigos naturales de la libertad, y los más enconados adversarios de los liberales. En cada época, esa tara atávica, el colectivismo, asoma su horrible cara y amenaza con destruir la civilización y retrocedernos a la barbarie. Ayer se llamó fascismo y comunismo, hoy se llama nacionalismo y fundamentalismo religioso.Un gran pensador liberal, Ludwig von Mises, fue siempre opuesto a la existencia de partidos liberales, porque, a su juicio, estas formaciones políticas, al pretender monopolizar el liberalismo, lo desnaturalizaban, encasillándolo en los moldes estrechos de las luchas partidarias por llegar al poder. Según él, la filosofía liberal debe ser, más bien, una cultura general, compartida por todas las corrientes y movimientos políticos que coexisten en una sociedad abierta y sostienen la democracia, un pensamiento que irrigue por igual a socialcristianos, radicales, socialdemócratas, conservadores y socialistas democráticos. Hay mucho de verdad en esta teoría. Y así, en nuestro tiempo hemos visto el caso de gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y José María Aznar, que impulsaron reformas profundamente liberales, en tanto que, en nuestros días, corresponde más bien a dirigentes nominalmente socialistas, como Tony Blair en el Reino Unido y Ricardo Lagos, en Chile, llevar a cabo unas políticas económicas y sociales que sólo se pueden calificar de liberales.Aunque la palabra "liberal" sigue siendo todavía una mala palabra de la que todo latinoamericano políticamente correcto tiene la obligación de abominar, lo cierto es que, de un tiempo a esta parte, ideas y actitudes básicamente liberales han comenzado también a contaminar tanto a la derecha como a la izquierda en el continente de las ilusiones perdidas. No otra es la razón de que, en estos últimos años, pese a las crisis económicas, a la corrupción, al fracaso de tantos gobiernos para satisfacer las expectativas puestas en ellos, las democracias que tenemos en América Latina no se hayan desplomado ni sido reemplazadas por dictaduras militares. Desde luego, todavía está allí, en Cuba, ese fósil autoritario, Fidel Castro, quien ha conseguido ya, en los 46 años que lleva esclavizando a su país, ser el dictador más longevo de la historia de América Latina. Y la desdichada Venezuela padece ahora a un impresentable aspirante a ser un Fidel castro con minúsculas, el comandante Hugo Chávez. Pero ésas son dos excepciones en un continente en el que, vale la pena subrayarlo, nunca en el pasado hubo tantos gobiernos civiles, nacidos de elecciones más o menos libres, como ahora. Y hay casos interesantes y alentadores, como el de Lula, en el Brasil, quien, antes de ser elegido Presidente, predicaba una doctrina populista, el nacionalismo económico y la hostilidad tradicional de la izquierda hacia el mercado, y es, ahora, un practicante de la disciplina fiscal, un promotor de las inversiones extranjeras, de la empresa privada y de la globalización, aunque se equivoca al oponerse al ALCA, Área de Libre Comercio de las Américas (Free Trade Area of the Americas). En Argentina, aunque con una retórica más encendida y llena a veces de bravatas, el Presidente Kirchner está siguiendo sus pasos, afortunadamente, aunque a veces parezca hacerlo a regañadientes y dé algún tropezón. Y, asimismo, hay indicios de que el gobierno que asumirá el poder próximamente en Uruguay, presidido por el doctor Tabaré Vázquez, se dispone, en política económica, a seguir el ejemplo de Lula en vez de la vieja receta estatista y centralista que tantos estragos ha causado en nuestro continente. Incluso, esa izquierda no ha querido dar marcha atrás en la privatización de las pensiones —que han llevado a cabo hasta el momento once países latinoamericanos—, en tanto que la izquierda de Estados Unidos, más atrasada, se opone a privatizar aquí el Social Security. Son síntomas positivos de una cierta modernización de una izquierda que, sin reconocerlo, va admitiendo que el camino del progreso económico y de la justicia social, pasa por la democracia y por el mercado, como hemos sostenido los liberales siempre, predicando en el vacío durante tanto tiempo. Si en los hechos, la izquierda latinoamericana comienza a hacer en la práctica una política liberal, aunque la disfrace con una retórica que la niega, en buena hora: es un paso adelante y significa que hay esperanzas de que América Latina deje por fin, atrás, el lastre del subdesarrollo y de las dictaduras. Es un progreso, como lo es la aparición de una derecha civilizada que ya no piense que la solución de los problemas está en tocar las puertas de los cuarteles, sino en aceptar el sufragio, las instituciones democráticas y hacerlas funcionar.Otro síntoma positivo, en el panorama tan cargado de sombras de la América Latina de nuestros días, es el hecho de que el viejo sentimiento antinorteamericano que alentaba en el continente, ha disminuido considerablemente. La verdad es que el antinorteamericanismo es hoy día más fuerte en países como España y Francia, que en México o en el Perú. De hecho, la guerra en Iraq, por ejemplo, ha movilizado en Europa a vastos sectores de casi todo el espectro político, cuyo único denominador común parecía ser, no el amor por la paz, sino el rencor o el odio hacia los Estados Unidos. En América Latina, esa movilización ha sido marginal y prácticamente confinada a los sectores más irreductibles de la ultra izquierda. El cambio de actitud hacia Estados Unidos obedece a dos razones, una pragmática y otra principista. Los latinoamericanos que no han perdido el sentido común entienden que, por razones geográficas, económicas y políticas, una relación de intercambios comerciales fluida y robusta con los Estados Unidos es indispensable para nuestro desarrollo. Y, del otro lado, el hecho de que, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, la política exterior norteamericana, en vez de apoyar a las dictaduras, mantenga ahora una línea constante de sostén a las democracias y de rechazo a los intentos autoritarios, ha contribuido mucho a reducir la desconfianza y hostilidad de los sectores democráticos de América Latina hacia el poderoso vecino del Norte. Este acercamiento y colaboración son indispensables, en efecto, para que América Latina pueda quemar etapas en su lucha contra la pobreza y el atraso.El liberal que les habla se ha visto con frecuencia en los últimos años enfrascado en polémicas, defendiendo una imagen real de los Estados Unidos que la pasión y los prejuicios políticos deforman a veces hasta la caricatura. El problema que tenemos quienes intentamos combatir estos estereotipos es que ningún país produce tantos materiales artísticos e intelectuales antiestadounidenses como el propio Estados Unidos —el país natal, no lo olvidemos de Michael Moore, Oliver Stone y Noam Chomsky—, al extremo de que a veces uno se pregunta si el antinorteamericanismo no será uno de esos astutos productos de exportación, manufacturados por la CIA, de que el imperialismo se vale para tener ideológicamente manipuladas a las muchedumbres tercermundistas. Antes, el antiamericanismo era popular sobre todo en América Latina, pero ahora ocurre más en ciertos países europeos, sobre todo aquellos que se aferran a un pasado que se fue, y se resisten a aceptar la globalización y la interdependencia de las naciones en un mundo en el que las fronteras, antes sólidas e inexpugnables, se van volviendo porosas y desvaneciendo poco a poco. Desde luego, no todo lo que ocurre en Estados Unidos me gusta, ni muchos menos. Por ejemplo, lamento que todavía haya muchos estados donde se aplique esa aberración que es la pena de muerte y un buen número de cosas más, como que, en la lucha contra las drogas, se privilegie la represión sobre la persuasión, pese a las lecciones de la llamada Ley Seca (The Prohibition). Pero, hechas las sumas y las restas, creo que, entre las democracias del mundo, la de Estados Unidos es la más abierta y funcional, la que tiene mayor capacidad autocrítica, y la que, por eso mismo, se renueva y actualiza más rápido en función de los desafíos y necesidades de la cambiante circunstancia histórica. Es una democracia en la que yo admiro sobre todo aquello que el profesor Samuel Huntington teme: esa formidable mezcolanza de razas, culturas, tradiciones, costumbres, que aquí consiguen convivir sin entrematarse, gracias a esa igualdad ante la ley y a la flexibilidad del sistema para dar cabida en su seno a la diversidad, dentro del denominador común del respeto a la ley y a los otros.La presencia, en Estados Unidos, de unos cuarenta millones de ciudadanos de origen latinoamericano, desde mi punto de vista, no atenta contra la cohesión social ni la integridad de la nación; más bien, la refuerza añadiéndole una corriente cultural y vital de gran empuje, donde la familia es sagrada, que, con su voluntad de superación, su capacidad de trabajo y deseo de triunfar, esta sociedad abierta aprovechará exitosamente. Sin renunciar a sus orígenes, esta comunidad se va integrando con lealtad y con amor a su nueva patria y va forjando un vínculo creciente entre las dos Américas. Esto es algo de lo que puedo testimoniar casi en primera persona. Mis padres, cuando ya habían dejado de ser jóvenes, fueron dos de esos millones de latinoamericanos que, buscando las oportunidades que no les ofrecía su país, emigraron a los Estados Unidos. Durante cerca de veinticinco años vivieron en Los Ángeles, ganándose la vida con sus manos, algo que no habían tenido que hacer nunca en el Perú. Mi madre trabajó muchos años como obrera, en una fábrica textil llena de mexicanos y centroamericanos, entre los que hizo excelentes amigos. Cuando mi padre falleció, yo creí que ella volvería al Perú, como yo se lo pedía. Pero, por el contrario, decidió quedarse aquí, viviendo sola e incluso pidió y obtuvo la nacionalidad estadounidense, algo que mi padre nunca quiso hacer. Más tarde, cuando ya los achaques de la vejez la hicieron retornar a su tierra natal, siempre recordó con orgullo y gratitud a Estados Unidos, su segunda patria. Para ella nunca hubo incompatibilidad alguna, ni el menor conflicto de lealtades, entre sentirse peruana y norteamericana.Quizás este recuerdo sea algo más que una evocación filial. Quizás podamos ver en este ejemplo un anticipo del futuro. Soñemos, como hacen los novelistas: un mundo desembarazado de fanáticos, terroristas, dictadores; un mundo de culturas, razas, credos y tradiciones diferentes, coexistiendo en paz gracias a la cultura de la libertad, en el que las fronteras hayan dejado de serlo y se hayan vuelto puentes, que los hombres y mujeres puedan cruzar y descruzar en pos de sus anhelos y sin más obstáculos que su soberana voluntad.Entonces, casi no será necesario hablar de libertad porque ésta será el aire que respiremos y porque todos seremos verdaderamente libres. El ideal de Ludwig von Mises, una cultura planetaria signada por el respeto a la ley y a los derechos humanos, se habrá hecho realidad.
Por Mario Vargas LlosaArtículo publicado en el diario El País de Madrid, España, el día 1° de octubre de 1991
La palabra de moda en América Latina es liberal. Se la oye por todas partes, aplicada a los políticos y a las políticas más disímiles. Pasa con ella lo que, en los sesentas, con las palabras socialista y social, a las que todos los políticos y los intelectuales se arrimaban, pues, lejos de ellas, se sentían en la condición de dinosaurios ideológicos. El resultado fue que corno todos eran socialistas o, por lo menos, sociales -socialdemócratas, social cristianos, social progresistas- aquellas palabras se cargaron de imprecisión. Representaban tal mezcolanza de ideas, actitudes y porqués que dejaron de tener una significación precisa y se volvieron estereotipos que adornaban las solapas oportunistas de gentes y partidos empeñados en “no perder el tren de la historia” (según la metáfora ferrocarrilera de Trotsky).Hoy se llama liberal a la política de Collor de Mello, que puso a la economía brasileña más trabas que púas tiene un puercoespín, y a la de Salinas de Gortari, que ha destrabado la de México, sí, pero preside un régimen seudodemocrático en el que el partido gobernante perfeccionó a tales extremos sus técnicas para perpetuarse en el poder que, por lo visto, ya ni siquiera necesita amañar las elecciones para ganarlas. Si creemos a los medios de comunicación, son liberales los gobiernos de Menem en Argentina y de Paz Zamora en Bolivia, el de Carlos Andrés Pérez en Venezuela y el de Violeta Chamorro en Nicaragua y así sucesivamente. Todos somos liberales, pues. Lo que equivale a nadie es liberal. Para algunos, liberal y liberalismo tienen una exclusiva connotación económica y se asocian a la idea del mercado y la competencia. Para otros es una manera educada de decir conservador, e incluso troglodita. Muchos no tienen la menor sospecha de lo que se trata, pero comprenden, eso sí, que son palabras de fogosa actualidad política, que hay, por tanto, que emplear (exactamente como en los cincuentas había que hablar de compromiso; en los sesentas, de alineación; en los setentas, de estructura, y en los ochentas de Perestroika).Si uno quiere ser entendido cada vez que emplea los vocablos liberal y liberalismo conviene que los acompañe de un predicado especificando qué pretende decir al decirlos. Ello es necesario para salir al fin del embrollo político-lingüístico en el que hemos vivido gran parte de nuestra vida independiente. Y porque América Latina tiene, una vez más, la posibilidad de enmendar el rumbo y -aunque ello suene a frase hecha- convertirse en un continente de países que prosperan porque han hecho suya la cultura de la libertad. Esto es ahora menos imposible que hace unos años, porque el rechazo a las dictaduras y al utopismo revolucionario ha echado raíces en amplios sectores, que ven en los regímenes civiles, la libertad de prensa y las elecciones, la mejor defensa contra los abusos a los derechos humanos, la censura, las desapariciones, el terrorismo revolucionario o del Estado, la simple preponderancia de quienes mandan y la mejor esperanza de bienestar.Pero la democracia política no garantiza la prosperidad. Y cuando, como ocurre en la mayoría de los países latinoamericanos, coexiste con economías semiestatizadas, intervenidas por todas clases de controles, donde proliferan el rentismo, las prácticas monopólicas y el nacionalismo económico -esa versión mercantilista del capitalismo que es la única que han conocido nuestros pueblos- ella puede significar más pobreza, discriminación y atraso de los que trajeron las dictaduras, Para que, además de la libertad política que tenemos, nuestras flamantes democracias nos traigan también justicia y progreso -oportunidades para todos y gran movilidad social- necesitamos una reforma que reconstruya desde sus cimientos nuestras instituciones, nuestras ideas y nuestras costumbres. Una reforma no socialista, ni socialdemócrata, ni socialcristiana, sino liberal. Y la primera condición para que ello pueda ser realidad es tener claro qué aleja o aproxima a ésta, de aquellas opciones.Las primeras lecciones de liberalismo yo las recibí de mi abuelita Carmen y mi tía abuela Elvira, con quienes pasé mi infancia. Cuando ellas decían de alguien que era un liberal, lo decían con un retintín de alarma y de admonición. Querían decir con ello que esa persona era demasiado flexible en cuestiones de religión y de moral, alguien que, por ejemplo encontraba lo más normal del mundo divorciarse y recasarse, leer las novelas de Vargas Vila y hasta declararse libre pensador. La suya era una versión más restringida, latinoamericana y decimonónica de lo que es un liberal. Porque los liberales del siglo XIX, en América Latina, fueron individuos y partidos que se enfrentaban a los llamados conservadores en nombre del laicismo. Combatían la religión de Estado y querían restringir el poder político y a veces económico de la Iglesia, en nombre de un abanico de mentores Ideológicos -desde Rosseau y Montesquieu hasta los jacobinos- y enarbolaban las banderas de la libertad de pensamiento y de creencia, de la cultura laica, contra el dogmatismo y el oscurantismo de la ortodoxia religiosa.Hoy podemos damos cuenta que, en esa batalla de casi un siglo, tanto liberales como conservadores quedaron entrampados en un conflicto monotemático excéntrico a los grandes problemas: ser adversarios o defensores de la religión católica Así contribuyeron decisivamente a desnaturalizar las palabras, las doctrinas y valores implícitos a ellas con que vestía sus acciones políticas. En muchos casos excluido el tema de la religión, conservadores y liberales fueron índiferenciables en todo lo demás y, principalmente, en sus políticas económicas, la organización del Estado, la naturaleza de las instituciones y la centralización del poder (que ambos fortalecieron de manera sistemática siempre). Por eso, aunque en esas guerras interminables, en ciertos países ganaron los unos y en otros los otros, el resultado fue más o menos similar: un gran fracaso nacional. En Colombia, los conservadores derrotaron a los liberales. Y en Venezuela estos a aquellos y eso significó que la Iglesia católica ha tenido en este último país menos influencia política y social que en aquél. Pero en todo lo demás, el resultado no produjo mayores beneficios sociales ni económicos ni a unos ni a otros, cuyo atraso y empobrecimiento fueron muy semejantes (hasta la explotación del petróleo en Venezuela, claro está).Y la razón de ello es que los liberales y conservadores latinoamericanos fueron ambos tenaces practicantes de esa versión arcaica -la oligárquica y mercantilista- del capitalismo, a la que, precisamente, la gran revolución liberal europea transformó de raíz. Al extremo de que, en muchos países, como el Perú, fueron los conservadores, no los liberales, quienes dieron las medidas de mayor apertura y libertad, en tanto que en la economía estos practicaron el intervencionismo y el estatismo.Lo cierto es que el pensamiento liberal estuvo siempre contra el dogma -contra todos los dogmas, incluido el dogmatismo de ciertos liberales- pero no contra la religión católica ni ninguna otra y que más bien la gran mayoría de filósofos y pensadores del liberalismo fueron y son creyentes y practicantes de alguna religión. Pero si se opusieron siempre a que, identificada con el Estado, la religión se volviera obligatoria: es decir, que se privara al ciudadano de aquello que para el liberalismo es el más preciado bien: la libre elección. Ella está en la raíz del pensamiento liberal, así como el individualismo, la defensa del Individuo singular de ese espacio autónomo de la persona para decidir sus actos y creencias que se llama soberanía, contra los abusos y vejámenes que pueda sufrir de parte de otros individuos o de parte del Estado, monstruo abstracto al que el liberalismo, premonitoriamente, desde el siglo XVIII señaló como el gran enemigo potencial de la libertad humana al que era imperioso limitar en todas sus Instancias para que no se convirtiera en un Moloch devorador de las energías y movimientos de cada ciudadano.Si la preocupación respecto al dogmatismo religioso ha quedado anticuada desde una perspectiva latinoamericana, en la que un laicismo que no dice su nombre avanza a grandes zancadas desde hace décadas, la crítica del Estado grande como fuente de injusticia e ineficiencia de la doctrina liberal tiene en nuestros países vigencia dramática. Unos más, unos menos, todos padecen un gigantismo estatal del que han sido tan responsables nuestros llamados liberales como los conservadores. Todos contribuyeron a hacerlo crecer, extendiendo sus funciones y atribuciones, cada vez que llegaban al gobierno, porque, de ese modo, pagaban a su clientela, podían distribuir prebendas y privilegios, y, en una palabra, acumulaban más poder.De ese fenómeno han resultado muchas de las trabas para la modernización de América Latina: el reglamentarismo asfixiante, esa cultura del trámite que distrae esfuerzos e inventivas que deberían volcarse en crear y producir, la inflación burocrática que ha convertido a nuestras instituciones en paquidermos ineficientes y a menudo corrompidos; esos vastos sectores públicos expropiados a la sociedad civil y preservados de la competencia, que drenan inmensos recursos a la sociedad, pues sobreviven gracias a cuantiosos subsidios y son el origen del crónico déficit fiscal y su correlato: la Inflación.El liberalismo está contra todo eso, pero no está contra el Estado, y en eso se diferencia del anarquismo, que quisiera acabar con aquél. Por el contrario, los liberales que no sólo aspiran a que sobrevivan los estados sino a que ellos sean Io que precisamente no son en América Latina: fuertes, capaces de hacer cumplir las leyes y de prestar aquellos servicios, como administrar Justicia y preservar el orden público, que les son inherentes. Porque existe una verdad poco menos que axiomática -muy difícil de entender en países de tradición centralista y mercantilista: que mientras más grande es el Estado, es más débil, más corrupto y menos eficaz.Es lo que pasa entre nosotros. El Estado se ha arrogado toda clase de tareas, muchas de las cuales estarían mejor en manos particulares, como crear riqueza o proveer seguridad social. Para ello ha tenido que establecer monopolios y controles que desalientan la iniciativa creadora del individuo y desplazan el eje de la vida económica del productor al funcionario, alguien que, dando autorizaciones y firmando decretos, enriquece, arruina o mantiene estancadas a las empresas. Este sistema enerva la creación de riqueza, pues lleva al empresario a concentrar sus esfuerzos en obtener prebendas de poder político, a corromperlo o aliarse con él, en vez de servir al consumidor. Pero además, el mercantilismo provoca una progresiva pérdida de legitimidad de ese Estado al que el grueso de la población percibe como una fuente continua de discriminación o Injusticia.Este es el motivo de la creciente informalización de la vida y de la economía que experimentan todos nuestros países. Si la legalidad se convierte en una maquinaria para beneficiar a unos y discriminar a otros. Si solo el poder económico o el político garantizan el acceso al mercado formal, es lógico que quienes no tienen ni uno ni otro trabajen al margen de las leyes y produzcan y comercien fuera de ese exclusivo club de privilegiados que es el orden legal. Las economías Informales parecieron durante mucho tiempo un problema No lo son, sino, más bien, una solución primitiva y salvaje, pero una solución, al verdadero problema; el mercantilismo, esa forma atrofiada del capitalismo, resultante del sobredimensionamiento estatal. Esas economías informales son la primera forma -y es significativo que sean una creación de los marginados y pobres- aparecida en nuestros países de una economía de libre competencia y de un capitalismo popular.Este es el más arduo reto de la opción liberal en América Latina: adelgazar drásticamente al Estado, ya que ésta es la más rápida manera de tecnificarlo y de moralizarlo. No solo se trata de privatizar las empresas públicas devolviéndolas a la sociedad civil; de poner fin al reglamentarismo kafkiano y a los controles paralizantes y al régimen de subsidios y de concesiones monopólicas y, en una palabra, de crear economías de mercado de reglas claras y equitativas, en las que el éxito y el fracaso no dependen del burócrata, sino del consumidor. Se trata, sobre todo, de desestatizar unas mentalidades acostumbradas por la práctica de siglos -pues esta tradición se remonta hasta los Imperios prehispánicos colectivistas en los que el individuo era una sumisa función en el engranaje Inalterable de la sociedad- a esperar de algo o de alguien -el emperador, el rey, el caudillo o el gobierno- la solución de sus problemas, una solución que tuvo siempre la forma de la dádiva.Sin esa desestatización de la cultura y la psicología, el liberalismo será letra muerta en nuestros países.Debemos recobrar una independencia mental que hemos venido perdiendo a causa del parasitismo y de la pasividad que engendran las prácticas mercantilistas. Solo cuando a esta actitud la remplace el convencimiento de que la solución de los problemas básicos es, ante todo, responsabilidad propia, reto al esfuerzo y la creatividad de cada cual, la opción liberal habrá echado raíces hondas y comenzará a ser cierta la revolución de la libertad en América Latina.